HORA ACTUAL

domingo, 27 de marzo de 2011

HISTORIAL DE LOS NIÑOS EN LA GUERRA


HISTORIAL DE LOS NIÑOS EN LA GUERRA

por Guillermo González Uribe
PRIMERA PARTE
INTRODUCCIÓN
«En Colombia hay 7.000 niños en armas». La frase la pronunció al azar Humberto Sánchez, director de uno de los hogares de niños desvinculados, cuando el jueves 5 de junio del2002 conversábamos sobre ese proyecto. Volví sobre la cifra, pedí precisiones. Quince días después, hablando con Juan Manuel Urrutia, entonces director del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar, ICBF, y con Julián Aguirre y Mabel González, quienes orientan el programa, al decirles la cifra se miraron, y en lugar de negarla manifestaron que, mal contados, puede haber 10.000 niños y jóvenes en armas en Colombia. Según estos cálculos, buena parte de los protagonistas de esta guerra, que cada vez copa más espacios, quienes matan y mueren, son niños y jóvenes. Un mes atrás, el miércoles 8 de mayo, durante el taller de periodismo cultural dictado por Tomás Eloy Martínez y organizado por la Fundación Nuevo Periodismo, en Buenos Aires, hablábamos con Héctor Abad Faciolince sobre posibles temas que uno quisiera desarrollar, pero no había podido. Discutiendo y sopesando ideas, llegamos a una que me atrapó: entrevistar a un niño guerrillero y a uno paramilitar para saber qué sintieron al enfrentar la muerte, y de ahí en adelante contar sus historias de vida, que seguramente darían luces sobre la guerra y su lógica, o ilógica. Hice el ejercicio teórico con datos supuestos, discutimos el tema con 20 periodistas de diversos países de América Latina y confrontamos formas de realizar el trabajo, teniendo en cuenta dificultades, como cuál sería el espacio para entrevistarlos, en el que pudieran hablar con libertad. Las cosas se van dando luego de tener una idea. Una semana después, en Bogotá, hablé con la directora del Cerlalc, Adelaida Nieto, sobre temas y proyectos. Al final me dijo «Tiene que hablar con Marina Valencia sobre los niños desvinculados». A los tres días me reuní con Marina y se abrió el camino para acercarme a un particular proyecto en el que, con la coordinación del ICBF, cinco entidades * trabajan con jóvenes que estuvieron en la guerra. Los visité, hablé con ellos y trabajé sus historias.
LOS NIÑOS DESVINCULADOS
Al conocer el proyecto, casi recobro la fe en la posibilidad de que el Estado funcione. El trabajo se efectúa con menores de 18 años que han formado parte de grupos guerrilleros y paramilitares. Niños que se han desvinculado del conflicto porque fueron capturados, se entregaron o los grupos armados los dejaron, por encontrarse enfermos. Al comienzo resultó más fácil hablar con las niñas; estaban más abiertas al diálogo y dadas a contar sus experiencias. Los muchachos se mostraban un tanto reticentes y no había podido lograr una charla a fondo con los que estuvieron con los paramilitares; eran más esquivos y retraídos que los otros. Conocí a uno que me impactó, de no más de quince años, que se encontraba enfermo. Me dijo que tenía úlcera. Me extrañó, dada su juventud. Lo interrogué y me dijo: «Me dio úlcera por dejar de comer varios días, varias veces». Pensé que ahí había una historia que debía seguir y lo observé. Él era quien en cada comida estaba pendiente de que cada uno tuviera cubiertos, sopa y seco. No se sentaba hasta ver que todos estuviéramos servidos. Supe que venía de Medellín. No logré que hablara sobre su experiencia; al final me dio una pulsera de hilo que había tejido. En un nuevo viaje logré hablar con varios jóvenes ex paramilitares. Si las historias de quienes fueron guerrilleros son fuertes, las de los paramilitares son las más dramáticas que he escuchado en mi vida. 
LOS HOGARES
Llegué a un hogar de niños desvinculados en medio de una fiesta, la noche anterior a que un grupo de diez jóvenes pasara a la segunda y última fase del programa, cuando salen a casas juveniles, continúan sus estudios y comienzan a desarrollar proyectos productivos. Esa noche cantaron, recitaron, bailaron, se dieron regalos, contaron historias y se desearon toda la suerte y el amor del mundo. Al día siguiente, los muchachos retomaron el hilo del trabajo creativo que venían desarrollando. Llevaban una semana leyendo cuentos con el equipo del Cerlalc, orientado por Beatriz Helena Robledo; ese día releyeron algunos y escogieron el que más les gustó para montarlo en sombras chinescas: «El burrito y la tuna», una historia de la tradición wayuu. 
Tres días duraron preparando el montaje. El primer día se repartieron los papeles y se dedicaron a elaborar los disfraces y la escenografía. Mientras tanto el narrador, Sergio, un muchacho que había llegado apenas una semana atrás, repasaba el texto dándoles entrada a quienes tenían parlamentos; cada uno de los actores preparaba el vestuario, y los que no tenían papeles protagónicos les ayudaban y construían la escenografía. Todo era útil. Un pedazo de cartón para las orejas del burro, ramas para los árboles, periódicos para los sombreros y papeles de colores: amarillo para el desierto, morado para la noche, rojo para las abejas. Un grupo se concentró en los efectos sonoros: el murmullo de la noche, el silbido del viento, el rebuzno del burro, el zumbido de las abejas. El segundo día se realizó el primer ensayo. Cabe señalar que las actividades colectivas se grababan en video. Primero con la orientación de Diego Narciso, videísta del grupo del Cerlalc; luego tomó la cámara José, un niño de once años que aprendió a manejarla en poco tiempo. Se gozaron la grabación de la fiesta, y la del ensayo sirvió para detectar las carencias de la obra. El tercer día se aprovechó para afinar el montaje, los disfraces y la escenografía y, al comenzar la noche, presentaron la obra terminada. Fue un proceso común de creación, en el que estos jóvenes volvieron a ser niños y se metieron de lleno en la realización de una obra que los llenó de alegría y produjo intensas emociones. 
EL PROGRAMA
Dentro de los programas de atención al menor desprotegido, ésta es una experiencia particular, en la que conviven niños y niñas provenientes de distintos grupos guerrilleros y paramilitares. En muchos casos las diferencias desaparecen pronto, aunque en el trato cotidiano quedan huellas. Durante el montaje de la obra, Catalina, quien perteneció al ELN, se tropezó y tumbó una carpeta; entonces Sofía, ex integrante de las FARC, le dijo: «Tenía que ser elena». En la práctica conviven e incluso hay romances impensables, como el de un ex paramilitar con una joven que fue de las FARC. La mayoría ha logrado compenetrarse dejando a un lado el pasado; otros aún se muestran reticentes. Cerca de 300 niños están integrados al programa, que tiene casas en diversos lugares del país, en las que trabajan equipos conformados por educadores, psicólogos, trabajadores sociales y artistas, y cuentan con el apoyo de personal médico y administrativo.
Tres fases constituyen la parte inicial del programa que se desarrolla en los hogares. La primera tiene que ver con ingreso, adaptación, integración, diagnóstico, derechos y deberes e inicio de actividades grupales y de formación. La segunda está centrada en el fortalecimiento de valores, plan de acción personal, manejo de problemáticas y actividades académicas y ocupacionales. La tercera comprende asumir actitudes autónomas, elaboración de proyectos de vida y diseño de proyectos productivos. En cada hogar conviven cerca de veinte niños que cuentan con el apoyo y la compañía de educadores 24 horas al día. Son hogares en los que los menores están por su propia voluntad; cada día salen al colegio y regresan. Sentí que se trata de una experiencia abierta, autogestionada, no autoritaria. También difícil y no exenta de dificultades. 
La parte final del programa abarca el traslado a casas juveniles, donde continúan los planes de estudio y se llevan a la práctica proyectos productivos. Humberto Sánchez, director del hogar que más visité, dice que éste es un proyecto de afecto, capacitación y amor, en el que están excluidos el odio y la venganza. Agrega que «en la guerra el amor es un infiltrado». José Luis Mantilla, coordinador y educador, señala que los hogares son incubadoras de paz que rompen los esquemas del trabajo con niños; allí viven un proceso compartido de toma de decisiones. Lo que se busca es crear un ambiente de confianza, amor, respeto y desarrollo. No es un proyecto perfecto; nada lo es. Algunos niños se han marchado. Otros aún no se adaptan, y se presentan conflictos que tratan de resolverse a través del diálogo. Pero ya algunos jóvenes tienen en claro sus proyectos, y hay uno que está por entrar a la universidad.
EL FUTURO
Es un programa piloto: jóvenes que viven en condiciones tan óptimas como es posible para desarrollarse y salir adelante en la vida. Jóvenes que recuperan la infancia perdida y se proyectan hacia el futuro. Pero son apenas 300 de los 10.000 vinculados a la guerra. Y lo cierto es que mientras existan las condiciones sociales, económicas y políticas de exclusión, y mientras el maltrato intrafamiliar siga siendo pan de cada día, habrá en las ciudades y en los campos colombianos miles de niños y niñas dispuestos a ingresar a los grupos armados, como alternativa de sobrevivencia. Sólo con el tiempo se sabrá si se cumplirán las expectativas que se tienen con este programa, pero lo que sí es claro es que un proyecto que atiende a 300 niños víctimas de la guerra vale la pena. Sin embargo, es insuficiente y la escalofriante cifra de menores en armas es una voz de alerta que muestra que la guerra no son sólo los muertos diarios, sino las secuelas que va dejando en la sociedad; deberán pasar muchas generaciones para sanar estas heridas, que todavía no han terminado de abrirse. Observándolos jugar fútbol, conviviendo con ellos unos días, haciendo las entrevistas, vi impresionantes cicatrices en las más diversas partes de sus cuerpos. Cicatrices de heridas causadas por sus padres o en combate. Cicatrices en la mente, en el alma y en el cuerpo. Una reflexión: si queremos de verdad la paz tenemos que penetrar en las causas profundas de la guerra, sobrepasar las descalificaciones maniqueas y conocer su dinámica; entender las razones del conflicto para encontrar soluciones reales y no caer en una nueva frustración. La paz no se hace con adjetivos, sino yendo a las raíces de la guerra: sus orígenes, consecuencias y desarrollos, y conociendo a los que la hacen a diario. Al ver estos niños y escuchar sus historias uno se reafirma en la necesidad de hacer reformas de fondo en el país. Y piensa de nuevo que a bala difícilmente se acaba el conflicto social que vivimos. Que la guerra es cada día peor, que el humanismo se aleja progresivamente de ella y que estos muchachos, entre muchos otros colombianos, son quienes sufren la guerra en carne propia. Que mientras haya situaciones de miseria y pobreza extremas, que mientras sigan siendo maltratados en sus núcleos familiares y no tengan posibilidades de estudio y desarrollo, los niños seguirán formando parte de la guerra. 
ESTOS NIÑOS...
Cuando estos niños nombran pueblos y regiones uno coge el mapa de Colombia, recuerda lo poco que conoce y viaja por ese mapa de la mano de las peripecias de estos menores. La guerra nos ha llevado a descubrir un país que a la vez estamos destruyendo. Salgo del hogar de los muchachos y veo a unos jóvenes en un moderno carro deportivo, chicaneando, y pienso que en parte este conflicto se deriva de una sociedad cerrada, clasista e inconsciente, cuyo núcleo dirigente no les inculca a sus hijos principios sociales democráticos. A veces estos niños tienen pesadillas. Se les vienen encima los recuerdos. El domingo anterior, a mi visita a una casa situada en el campo, varios niños jugaban fútbol. Una fuerte patada lanzó el balón contra las cuerdas de la luz. Eran las seis de la tarde. Hubo un cortocircuito y poco después se escuchó una explosión. Algunos niños salieron corriendo. Otros se tiraron al piso. Unos más se escondieron. Otros tomaron posiciones de defensa.
MESES DESPUÉS
En la última visita a un hogar para niños desvinculados y a varias casas juveniles, la segunda semana de octubre del 2002, sentí que buena parte de los jóvenes avanzaba en su proceso de formación. Otros aún están un tanto desubicados. Es posible que muchos de ellos salgan adelante. Otros están demasiado afectados por las experiencias que han vivido, y su suerte es incierta. Pero casi todos luchan, con apoyo de diverso tipo, por recuperar la infancia perdida y encontrar un camino que les permita salir adelante. Los procesos de estudio continúan. Los proyectos productivos caminan lentamente y no está claro su futuro. Quedan estos testimonios como historia profunda de la guerra colombiana, y la visualización de este programa como iniciativa en la que han podido integrarse varias entidades, para sacar adelante un proyecto singular y necesario, que ojalá no se vea truncado por cambios burocráticos.
* ICBF: Instituto Colombiano de Bienestar Familiar     OIM: Organización Internacional de Migraciones     Corfas: Corporación Fondo de Apoyo de Empresas Asociativas     Cerlalc: Centro Regional para el Fomento del Libro en América Latina y el Caribe     Save the Children: Reino Unido.
(Varios de los nombres se omitieron o se cambiaron para proteger la identidad de los protagonistas).
UNA NIÑA EN VUELTAS DE GRANDES
Tiene ojos negros, grandes y vivarachos. Es atractiva, conversadora, pícara y, a la vez, infantil y tierna. La noche en que la conocí andaba de fiesta con sus compañeros de convivencia, despidiendo a un grupo que salía del hogar para continuar su proceso en las casas juveniles. Estaba arreglada como cualquier joven que anda de rumba en la ciudad. Maquillada, con ropa ceñida a su cuerpo bien delineado, bailó, recitó, se rió, coqueteó y tomó del pelo a más de uno. Al día siguiente entré a conocer los cuartos donde viven y encontré a un par de niñas haciendo tareas. Las saludé. Una de ellas, peinada de colitas, me miró riendo y dijo "¿No me reconoce?". Finalmente me di cuenta de que era ella, que parecía una niñita de escasos diez años.
Nací hace 17 años en Puerto Guzmán, Putumayo. Lo que más recuerdo de mi infancia son cosas duras. Mis padres son de bajos recursos y por culpa de un hermano nos tocó dejar lo poco que teníamos y salir de donde estábamos. Teníamos finca y teníamos casa, pero mi hermano hizo una diablura: mató a una señora y a un niño, por venganza. Tocó salir de allá, dejar todo botado, no volver más y andar por ahí pidiendo posada. No podíamos dejarnos ver del marido de la señora, porque quería matar a mi mamá. Empezamos una vida nueva en Mocoa. Yo estaba pequeña, tenía por ahí unos siete años, si no eran menos.
    Nosotros somos diez hermanos, yo soy la del medio, la quinta. Estuve estudiando un tiempo: primero hasta segundo de primaria, luego unas profesoras del colegio me brindaron apoyo para que acabara de estudiar, porque mis padres no tenían cómo; entonces hice hasta cuarto. Allá en Mocoa estuvimos de posada donde un familiar. Luego nos tocó irnos para una finca de donde se llevaron a mis dos hermanos mayores para la guerrilla. Los conquistaron, los convencieron y ellos, en esa pobreza, pues se fueron; también porque les gustaba. Y estaban conquistando a otro hermano que era muy peque-ño, como de diez años, entonces mi papá decidió salirse otra vez para el pueblo. Volvimos a Mocoa, donde estuve con mi familia hasta que me tocó irme a rodar.
    La situación económica era muy mala. Mi mamá estaba fracturada, fatigosa, no sabía qué hacer con todos esos hijos, sin poderles dar estudio, sin darles de comer. En esos días se acabó el gas en la casa, se acabó todo. Yo tenía nueve años y era la que salía a buscar alimentos, y a donde los familiares a recorrer y a pedir; ahí fue cuando me enseñé a pedir. A uno primero le da pena, pero qué hace si los hermanos tienen hambre y la mamá no sabe qué hacer ni tiene trabajo. Era horrible: estaban a punto de echarnos de la casa porque no habíamos pagado arriendo. Mi papá se fue para Puerto Leguízamo y nos dejó abandonados. Mi mamá a veces se fatigaba y se enloquecía por ratos, cogía y le daba duro a uno, así a la loca; de la rabia, del desespero se desahogaba con nosotros; nos golpeaba totalmente. Un día me echó, me dijo que nosotras dos no podíamos vivir bajo el mismo techo, debido a que una vez... 
     Teníamos dificultades, porque mi papá era muy borrachín.  Él se iba a donde una amante que tenía, pero volvía a la casa a pegarle a mi mamá, a pegarnos a nosotros. Un día trató de abusar de mí, y yo me estuve callada porque no podía decir nada. Llegaba a tocar la puerta y todos teníamos que irnos de la casa; un día yo no me fui y casi me mata, me dio pata y arrancó los cables de la luz para darme con ellos. Siempre que volvía, nosotros nos íbamos para donde una hermana que vivía cerca de la casa; ella ya había conseguido marido y estaba viviendo aparte. La situación era muy dura; entonces yo me quedé callada. No le podía decir lo que pasó a mi mamá; ella quería a mi papá y eso era terrible para contárselo a ella. Un día otro de mis hermanos me dijo que me fuera para donde él. O sea, mis hermanos vinculados a las FAFC se retiraron y se ubicaron en Mocoa, a vivir con sus familias, y ahí se quedaron, no salen, se mantienen guardados y la guerrilla los dejó tranquilos. Otro hermano me dijo que me fuera para su casa, que él me ayudaba. Yo me convencí y me fui. Él metía perica. Un día, drogado, se metió a mi cuarto; él era enseñado, porque ya había estado con mis hermanas, y decía que prefería estar con las hermanas antes que cualquier otro. Ese día entró a mi cuarto y quiso abusar de mí, pero salí corriendo, y al otro día me fui del todo. Le conté a mi mamá, porque a quién más le iba a contar, pero mi mamá no me creyó; me dijo que yo era una mentirosa, que estaba inventando chismes, que eso era imposible, y me echó de la casa. Cogí una muda de ropa y me fui sin saber para dónde, porque para donde mi familia no pensaba ni arrimar. Me fui para Puerto Asís.     Llegué a Puerto Asís y me senté en el parque a llorar; tenía hambre y no tenía nada. Me le arrimé a una señora —primero estudié cómo iba a hacer— y le dije que mi mamá me había echado de la casa, que no tenía nada qué hacer y que yo le trabajaba para que me diera de comer. Me aceptó y me llevó para su casa; ella también era pobre. Yo le cuidaba los niños mientras ella vendía dulces en el parque. Así estuve un tiempo hasta que ya no me gustó más; le dije que quería hacer otra cosa, porque yo trabajaba solamente por la comida, y necesitaba conseguir plata para comprar mi ropa. En esas un señor me dijo: «Venga, vamos, yo le pago 200.000 pesos y me ayuda a doblar la ropa en el almacén». Yo, confiada, me monté en su moto —ya estaba como aprendiendo a confiar en las personas que me decían «Vamos»; yo me iba y ya no me daba miedo nada—, cuando me di cuenta de que ese señor, ¡mentiras!, me estaba llevando para otra parte, me estaba sacando del pueblo y me dijo: «Usted va a estar conmigo». A mí me dio miedo y le pregunté: «¿Estar de qué o qué?». Dijo: «Usted va a estar de amante conmigo y yo le pago». Le respondí:
«Pero ¿cómo, si soy una niña?».
    Yo tenía por ahí diez años, porque a esa edad fue cuando empecé a ambular, y me dio miedo porque yo ya había visto más, o sea, yo había visto —es como vulgar decirlo— el cuerpo de mi papá, y le cogí miedo a eso. Pensé «No, yo con este señor no». Íbamos en una moto alta y yo salté, me voltié un tobillo, pero bueno, porque ya estábamos un poco retirados del pueblo. Me fui para una casa que estaba cerca y el señor de ahí me brindó apoyo.
   Luego me fui para Pitalito; llegué a ojos ciegos. Yo siempre era así, de sorpresa; un día me iba sin saber adónde ni con quién ni nada. Llegué al pueblo y en un restaurante conseguí que me dieran la comida a cambio de ver a un niño y hacer pequeños trabajos. Allá estuve unos días, hasta que la señora del restaurante me dio 10.000 pesos: ¡Primera vez que cogía plata! Entonces me fui para Neiva, yo había oído hablar de la ciudad y decidí irme para allá. En esa época todavía uno se subía al bus y no les cobraban a los niños. Le pregunté a varios choferes que si pasaban por Neiva, hasta que uno me dijo que sí. Me monté y a cada rato le preguntaba que si habíamos llegado, hasta que me dijo: «Aquí es Neiva». Me bajé y ahí mismo venían unos gamines. Yo llevaba una maletica pequeña, y dice uno: «Vean esta chiquitica por aquí, está sola y está buena». Y me pegan qué corretiada, y yo más asustada. Por fin me metí donde unas monjitas. Después ellas me ayudaron a ubicarme en un trabajo donde una señora que tenía plata. Entré a ayudar con lo que más podía: lavar loza, organizar, barrer, trapear: cosas sencillas. A la señora le conté mi historia, entonces le dio mucho pesar y decidió adoptarme. Me dijo que ella me cambiaba el apellido y que me iba a ayudar en todo. Yo, feliz. Ya me iba a matricular en el colegio, me había comprado buena ropa y ya no era empleada sino su niña, y había contratado a una señora. Entonces llamé a mi mamá —mi cuarto era superespecial, tenía de todo— y me contestó llorando; yo no pude aguantar. Dejé todo botado y me volé por la noche para la casa. Ni me despedí. Regresé a Mocoa. Toda la noche viajé y al otro día llegué tarde a la casa. Mi mamá fue feliz al instante, pero al ratico ya estaba que me comía otra vez. Al otro día me echó de nuevo. Yo le dije: «Pero, mamá, ¿por qué me hace esto?» Entonces me fui. Pedía y bregaba a conseguir plata o lo que fuera.
    Si me daban ropa grande se la llevaba a mi mamá. Todo lo que me pudieran dar lo recogía y se lo llevaba, pero yo llegaba y al instante me iba. No podía durar porque sabía que ya me iba a echar; pero entendía su situación, sabía por qué vivía así. Además, mis hermanos pequeños eran muy apegados a las naguas de ella; así estuvieran aguantando hambre no salían de la casa, porque les daba miedo. Ni siquiera salían al mercado a comprar porque se perdían. Los más grandes estaban por fuera y las mujeres habían conseguido marido simplemente para que las mantuviera, porque no se sentían capaces de mantenerse solas. De los hombres, el otro se fue a raspar amapola por allá en Santa Rosa, y yo mantenía rodando, hasta que un día me interné a trabajar.
Fue en una fuente de soda, pero ahí no trabajaba afuera sino adentro, ayudaba a ver los niños. Después la señora me transformó, porque yo no tenía nada, ni senos ni nada, y ella me colocaba brasieres de esos que tienen espuma, zapatos altísimos, cosas así grandes; me peinaba, me maquillaba y me ponía a atender las mesas. Ella me pagaba un porcentaje de sus ganancias, pero tenía que aguantarme muchas cosas. Los borrachos eran muy groseros, le decían a uno palabras y no lo respetaban. Me salí de allí y me metí a una discoteca, pero había que trasnochar mucho. Atendía mesas y en esas distinguí a un señor; yo no sé ni a qué horas. A veces me pongo a pensar: «Pero ¿a qué horas pasó todo esto que no me di cuenta?».
    Es que me han pasado unas cosas... He buscado matarme más de una vez, pero siempre he fallado; ya no recuerdo ni cuándo ni a qué horas. He tratado de matarme de aburrida, de desesperada o porque creo que es la mejor solución. Y cuando lo de mi hermano... Yo lo quería muchísimo a él, a mi hermano el finado. Le cogí mucho cariño, porque yo era como un poco alejada de todos. Los mantenía, los apoyaba, pero en mi profundo no amaba de verdad a ninguno. Con mi mamá era que yo decía: «Así me dé duro, yo estoy al lado de ella», pero con mis hermanos casi no, porque como es normal, los hermanos pelean mucho.
    Una noche estaba en la discoteca cuando me avisaron que habían matado a mi hermano, lo mataron diciendo que era un sapo. Él hablaba mucho con el ejército, vivía al lado de un batallón, por Miraflores. Él conversaba mucho con los soldados. Llegó la guerrilla y lo mató, le mandó unos cuantos tiros, le rellenó el cuerpo de bala. A mí me dio mucha rabia; realmente yo siempre he tenido ese coraje, siempre he querido como la venganza, porque me han causado mucho daño; pero ahora ya no pienso así. Entonces yo me desesperé, porque él era el hermano con el que había tenido más vínculo y lo quería mucho, y eso fue muy duro, porque también mataron a mi tío en esos días.      Lo mató la guerrilla diciendo que era paramilitar; él era el que manejaba la plata de Telecom, el que hizo la gestión para montar el Telecom en Puerto Guzmán. Yo lo sentí mucho porque mi tío era como mi papá. A mi papá nunca le tuve ese cariño que le tuve a mi tío, que era hermano de mi papá. Ellos son dos hermanos casados con dos hermanas, un vínculo así muy bueno. Entonces me mantuve en la disco pensando: «¿Qué voy a hacer para vengarme?». Ya tenía muchas cosas acumuladas, intentos de violación, maltrato de mi papá, rabia contra mi hermano.
    Le estaba contando. En la disco distinguí a un señor viejo, ya como de cuarenta años, que iba a tomarse sus tragos. Yo nunca me había conseguido un novio, de decir: «Huy, qué lindo», no. Nosotros nos hicimos como novios y dije: «Vamos a ver si funciona». Yo tuve un novio durante un año, cuando tenía ocho años, un día nos peleamos por una bobada, porque nunca nos maltratábamos, simplemente porque le dije:
«Estúpido», terminamos. Yo decía que prefería quedarme sola que conseguir novio, porque los hombres lo hacen sufrir mucho a uno, y yo no pensé nunca más conseguir un hombre. Y me conseguí a ese señor; pero él se desapareció, nunca más volví a verlo, quedé sola otra vez. Yo no era tanto porque me gustara sino por descubrir, por saber qué siente uno compartiendo la vida con otra persona; era como por eso. Y éste se perdió. Por esos días un primo y otros amigos me invitaron a una presentación de Las Diosas del Vallenato. Yo fui, y ellos me dieron alguna bebida, me llevaron a una residencia y abusaron de mí. Terminaron mis sueños de casarme niña, de blanco. Dañaron mis ilusiones, me quitaron el tesoro más grande porque era como decir: «Es la mujer intocable», que no había sido tocada por nadie. Ya después de sentir todo eso fue horrible. Llegué a la disco y no pude trabajar, me puse enfermísima. Luego me dio rabia, entonces le dije a otro primo: «¿Sabe qué? Yo ando buscando a los guerrilleros», y entonces él me respondió: «Yo distingo a uno». Le dije: «Preséntemelo», y me lo presentó.
Estaba cansada de todo y dije: «Aquí no aguanto más, me voy». El guerrillero me habló y me dijo que allá era bueno, que a las mujeres les iba bien, que eran las niñas consentidas. Me convenció y, como yo iba también en busca de venganza, me fui. Llegué a un frente y no me quisieron aceptar, dijeron que era muy pequeña, que era una niña, que no era capaz.  Yo estaba entre trece y catorce años. Insistí pero me dijeron no, no y no. Entonces le dije a uno: «¿Sabe qué?, deme dirección de otros guerrilleros»; yo sabía que estaban divididos en columnas, porque mis hermanos me habían contado. Yo sabía la vida de ellos, en qué partes operaban unos y en qué partes operaban otros. Entonces le dije: «A los del Caquetá ¿en dónde los puedo encontrar?», Él me contestó que en Curillo. Llegué a ese pueblo y vi a unas personas vestidas de camuflado. Pensé: «Huy, el ejército». Cuando uno va con un pensamiento en la cabeza, como que a uno le da miedo, pero no, eran los guerrilleros. Me encontré con uno que precisamente había ingresado a mi hermana, pero al instante no lo distinguí. Me puse a hablar con él y de pronto me dijo: «Ah, usted es la hermana de Ana». Yo le respondí que sí. Dijo: «Esa vieja se voló, esa vieja no aguantó, pero ¿usted quiere ingresar?». Yo le contesté que sí y me llevaron al campamento. Cuando llega una mujer allá es como si llegara carne fresca, esos hombres, hummm, cansan mucho. Uno y otro dicen: «Venga para acá, venga para acá», uff. Al otro día me sacaron la hoja de vida, porque allá le sacan eso también; ellos investigan quién es uno, cómo se llama, dónde vivía, qué hacía, por qué va, qué quiere. Allá se dan cuenta cuando uno es mandado y lo matan. Me sacaron la hoja de vida, me cambiaron de nombre y... es difícil cuando le cambian a uno el nombre: lo llaman y uno no distingue; ni sabe a quién están llamando. Me dijeron: «Hey, usted, Sofía, preséntese donde el comandante Tomás». Me fui para donde el comandante —ni sabía pararme firme ni nada— y le dije: «Sí, ¿me llamó?». Él apenas alzó la cara y... ¡era el mismo señor viejo ese, el que me había cuadrado!
    Fue un susto y una alegría. Me pegó un regaño: «¿Usted qué hace acá?», me dijo. «Yo nada, yo ingresé anoche —le respondí—; y ¿usted por qué está acá? ¿Por qué se vino sin despedirse?». Me contó que estaba ahí desde hacía quince días, que había tenido que irse de afán y dijo: «Listo, ya metió las patas, ya se montó en el bus que no debía montarse, ahora aguante, mija, resígnese a las normas y a lo que venga encima, porque si usted no obedece, a usted la matan». Él fue claro conmigo, me dijo así, y yo le dije: «Ah, bueno, usted que ya lleva unos diitas más, usted me indica a mí, me enseña lo que ha aprendido». Él dijo que sí, que me iba a enseñar. Cuando pensé: «Pero, ¿comandante?», yo sabía que los comandantes no subían de días: «¿Comandante?». Me fui para donde otro y le pregunté: «Hola, y ese señor ¿qué? ¿Desde hace cuánto tiempo está acá?». Dijo: «¿Tomás? No, mija, ese ingresó desde niño, ese lleva muchos años de estar acá, por eso es comandante». Yo dije: «Uff, ¿dónde estoy subida?». A los muchachos les daba rabia, me miraban con ese señor y me decían: «Ranguera, subiste como palma y vas a caer como coco». Me decían ranguera, de subir el rango, como decir ser una gamina y cuadrarse con un presidente. Como ya éramos novios de afuera y él estaba solo, porque en esos días había terminado con la mujer, una socia, nosotros seguimos así de noviecitos. Aunque allá no hay novios, allá de una vez los hombres lo cogen a uno de amante, no esperan nada. Pero yo estaba todavía con psicosis, y le comenté que no quería estar con él por lo que me había pasado, que fuéramos simplemente novios, y él se me burlaba: «Qué novios, si acá no hay novios». Estuvimos así casi un mes. Fue mucho tiempo, todos los días la gente se nos burlaba. Él me respetó, pero los demás me decían: «Si usted no está con él, la va a dejar».
Además, yo miraba que a su lado tenía muchos respaldos: tenía respeto, plata, nada me hacía falta, tenía seguridad, entonces yo me entregué a él, pero al poco tiempo el superior, el comandante máximo, nos separó, porque cuando llega una mujer siempre la catean para ver si es flojita; hay mujeres que se riegan por todo el campamento, y otras veces las cogen así abusadas. A mí me humillaban y muchas veces me cogían sola y me decían cosas como: «Usted tiene que ser mía», y yo que no. A Tomás lo mandaron para el pueblo y yo quedé sola un mes. De noche era horrible.
    Dormía con la riata, con botas y con todo y llegaban a tocarme, hasta que un día, llorando, fui donde el comandante y le dije que yo no iba a aguantar más. Él me dio la orden de que al que llegara a cansar, que le zampara un tiro, fuera quien fuera. Me fui contenta por todo el campamento, pero yo era para no hacerlo, y dije: «Esta noche el que me vaya a tocar se muere. Esta noche tengo la orden; al que me toque le doy un tiro». Fue santo remedio, nunca más me volvieron a tocar. Tomás regresó al campamento y pidió permiso para sacarme con él al pueblo. No duré más tiempo en el campamento, salí rápido de allá.
    Durante ese tiempo me explicaban sobre la guardia, lo que hacían allá; eran días completos sentados en unos palos largos, en el aula que dicen ellos, escuchando parlamentos. Ellos le meten mucha política a uno. Mantienen metiéndole psicosis; que si el ejército lo coge, lo viola, lo mata, lo hace pedazos.  Y dicen: «El que ingresa acá y se vuela, pailas». Yo quería saber quién había matado a mi hermano. Empecé a hablar como mal de él, yo decía: «¡Huy, no!, yo tenía un hermano que era horrible, era sapo del ejército, mantenía con ellos», y esto y lo otro. Hasta que una vez un chino se me arrimó y me dijo: «Hola, ¿de quién es que vos hablás?». Le dije: «De un negrito que mataron qué días por allá, al otro lado del río, cuando se estaba bañando». Él dijo: «Ah, vos estás hablando de un tal Rodrigo. A ese perro lo maté yo. Él iba contento en pantaloneta con un tal Gustavo, iban comiendo mango y dizque a bañarse —perfectamente igual a como me contó otro hermano—, y lo cogimos y le disparamos; salió corriendo y le dimos un tiro en la pierna para que se cayera, luego lo cogimos, lo hicimos cantar y le hicimos tragar un tiro». Esas palabras me rompían el alma, pero yo hacía fuerza; tenía mi pistola y me daban ganas de matarlo de una vez, pero no, porque también me mataban a mí. Días después, como allá a veces toca dormir de a dos, me tocó con él, y yo de noche pensaba matarlo. Dormíamos juntos, comíamos juntos. Desde ahí he tenido resistencia con el enemigo, porque aprendí a tener valor para compartir, incluso él me daba comida con la mano y yo comía, pero mascaba con rabia. Hasta que un día nos separamos de columna. Yo le dije a él, otro día que nos encontramos: «A usted ¿quién le dio la orden de matarlo?». Me dijo: «Ah, pues Tomás». Y yo: «¡Ay, Dios mío, compartiendo mi vida con estos dos tipos!».
    Ya sabía quiénes habían hecho lo de mi hermano, ahora faltaba saber quién había matado a mi tío. Me di cuenta de que eran los mismos, porque era como una comisión de los que van a matar a las personas. Fue horrible. A Tomás muchas veces lo intenté sacar de allá, para cobrarme las que me hizo, pero él andaba con diez al rabo de él, con diez guardias; a él no lo dejaban para nada, y entonces yo le decía: «Vamos para Villa Garzón», lo invitaba, porque él casi no era conocido allá. Él podía salir a la ciudad y salía conmigo hasta cerca de Villa Garzón, pero se regresaba. Un día estuvimos casi en la pata del pueblo, pero él la sentía, la olía tal vez y se regresaba. Entonces me di por vencida. «No puedo hacerle daño a este cucho porque en ninguna parte estamos solos», pensé.  Lo bueno fue que el chino que le disparó a mi hermano murió al poco tiempo. Lo mataron porque un día, por ahí dándose las de muy vivo, se puso a escribir una carta, una carta de bobadas, no sé qué diría en la carta, pero el caso fue que lo amarraron —además era un matón de los de primera y a los matones de primera siempre los matan; un matón que se ha enseñado a matar muere en su ley—, y también lo mataron. Mi corazón sonreía porque yo decía: «Ah, también tuvo la de él», pero en mi profundo dije: «Pero por qué, si él sigue órdenes; acá uno sigue órdenes». Me puse a pensar, pero finalmente dije: «Al fin y al cabo ya están muertos los dos, mi hermano y él».
    Yo seguí viviendo con el cucho, mantenía al lado de él, humillada porque a veces me pegaba, pero también tenía plata y todo. Tenía plata en los bolsillos y a veces bultos de plata que tenía que estar cuidando. Era zona de coca. Nosotros íbamos a visitar las fincas, éramos financieros. Estábamos encargados de conseguir la plata, las remesas de ropa y armas. Entonces llegábamos a las fincas, mirábamos las hectáreas que tenían, analizábamos cuántos kilos tenían que salir y les dábamos la orden de que nosotros vendríamos por la coca, que no se la vendieran a nadie más y que si se la vendían a otro tenían que pagar un impuesto, por eso conseguíamos tanta plata. Nosotros amontonábamos la mercancía por piezas, luego la vendíamos en grandes cantidades y nos quedaba mucha plata. Pero él me maltrataba, me insultaba, no me dejaba nunca sola, que porque él me quería y le daba miedo que me fuera con otra persona. Una niña con un viejo, eso era imposible; todo el mundo se nos reía.
    Un día me cansé de los maltratos. ¿Qué ganaba viviendo con todo si no tenía mi felicidad? Decidí irme. Además, una chica lo seducía mucho, una campesina; entonces dije: «Ah, yo me voy para el campamento», y me fui. Otro comandante superior quiso que yo fuera la mujer de él, o sea como decir:  «Ya no está con él, agarre conmigo». Una noche quería obligarme a que estuviera con él y yo no, no y no. Y ese señor me cogió una rabia, que me hacía comer de la buena, me mandaba a trabajar duro y no me daba las cosas que necesitaba. Y ya no estaba Tomás, porque él se quedó en el pueblo y yo me fui para el monte. Andábamos de noche, aguantábamos hambre, nos tocaba cargar pesadísimo, estar toda la noche caminando. De día quietos, y caminar de noche por charcos y en zonas que me daban miedo. Además estaba en embarazo, y allá una mujer no puede tener bebé. Entonces dije: «Tengo que volarme porque a mi bebé no lo dejo; me voy con mi bebé». Me volé cuando tenía como cuatro meses y ya todos se daban sospecha, porque yo era muy flaquita y el estómago se me estaba notando. Utilizaba cosas anchas para que no me miraran, pero se notaba cuando me iba a bañar, porque uno tiene que bañarse en ropa interior, y no importa dónde esté, ni con quién esté.
    Me volé con un campesino que era amigo. Él conocía todos esos terrenos y yo no. Era lejos y me tocó pasar por el monte, cerca de Curillo, hasta Puerto Guzmán, pura montaña, corriendo y corriendo. Por allá amanecí y la guerrilla me estaba buscando: yo estaba en un charco de agua picha y ellos alrededor caminando, buscándome, y decían: «Esa hijuepúchica no está por aquí», me insultaban, y yo: «Que no me encuentren, que no me encuentren», y no. Estuvieron cerca de mí; luego me metí en una finca, donde el señor que me estaba sacando, y llegó la guerrilla, a recatiar la casa, y el comandante —uno que me quería mucho— sabía que yo estaba ahí, sabía que yo no podía hacerme una aguja, pero no dio la orden para que requisaran; él dijo: «Muchachos, ya, vámonos». Me salvó. Al otro día muy temprano cogí montaña, peligrando que los encontrara de camino. Me dieron la dirección y me dijeron: «Vaya por esta montaña, camine hasta donde llegue a alguna casa, que por esa zona, como van en contra de la guerrilla, la van a ayudar». Yo dije: «Claro», y llegué allá, muerta del hambre.
    Caminé todo ese día y al otro día por la tarde fui llegando, pero porque iba corriendo; uno asustado corre y corre y sube y baja, y mojada por allá me caí. Iba por una palizada, iba sola, tenía hambre y por estar subiéndome rápido me resbalé de la palizada y caí a las piedras de abajo y me golpié. Ahí me di el golpe que me hizo venir el aborto después. Con ese dolor me quedé al rato dormida. Me desperté y lloré hasta que vi que venían bajando unos píldoros —de esos plátanos maduros—entre el agua, y yo: «Huy, qué rico». Me lancé a cogerlos, comí maduros y luego troté hasta llegar a una finca donde me ayudaron. Luego seguí, incluso pasé por el lado de un campamento y más adelante ya estaban haciendo retén. Por haber sido mujer de un comandante a uno lo siguen mucho, porque uno tiene mucha información. Entonces llegué a otra casa que me habían dicho, me ayudaron y me disfracé de campesina. Cogí un bolso con plátanos y pasé por frente de los guerrilleros; ellos estaban haciendo retén en el río y yo pasé por el ladito; unos indiecitos que me conocían me ayudaron, y yo les dije: «No me vayan a sapiar, estén callados». Uno me respondió: «Tranquila, yo incluso la acompaño».
El indiecito se fue conmigo, y yo caminaba como una viejita. Los otros apenas gritaban: «Hey, por el otro lado van dos personas, no las dejen pasar». Y él me decía: «Tranquila, camine hasta el bordo y del bordo corremos hasta el otro lado».     Los guerrilleros querían pasarse en motor para donde estábamos y nosotros corra y corra. Llegamos a una finca cerca de donde mi abuelita; pasé por esa finca para ir a Guzmán y me quedé al lado del río, donde vivía mi tío, y al otro día me fui en un expreso para Mocoa. Allá estuve enferma donde mi mamá: tuve el aborto. Nadie sabía dónde había estado, así que les conté una historia diferente: que yo me había juntado con un campesino y que había estado cuidando marranos, pollos y unos hijastros; que estaba manteniendo unos niñitos. Me inventé una historia porque mi hermano, uno de los mayores, era paraco, paramilitar, y me cogió como a secuestrarme, me tuvo en la casa de él y no me dejaba salir. Me insultaba y me decía: «Boba, decime si sos guerrillera para irte a entregar, que por vos me dan unos millones; vení, desgraciada, decí». Hasta que un día estuve enferma, él pagó mi medicina y se comieron mi cuento, porque había llegado en embarazo, estaba marcada por los golpes de la huida y yo les conté que el campesino me pegaba... Mi mamá lloraba mucho y me pedía perdón, me decía que nunca más me fuera de la casa, pero ya fue difícil perdonarla, porque lo que yo había sufrido era mucho.
    Yo ya tenía como unos quince años... Sí, eso fue dos diciembres atrás. Mi mamá madrugaba a darme sus calditos de dieta, porque en mi casa cuidan mucho a las mujeres en embarazo o en dieta. Hasta que un día que salí de la casa, tranquila, me encontré en el parque a un compañero andando de civil; yo me puse contenta. Pero ellos me ubicaron y luego, cuando yo estaba en la casa de mi mamá, fueron, me montaron en un carro y me sacaron del pueblo. Al otro día me pasaron al otro lado del río y me amarraron con un lazo grueso, de esos de tener los caballos, y me sentí muy mal.     Tenían que llevarme al campamento así, esa es la norma; que cuando uno se vuela y lo capturan, siempre tienen que amarrarlo, esté donde esté, y sea quien sea, así sea un comandante. Entonces ya nos fuimos para Calenturas, parte de Caquetá, y me llevaron al campamento. Yo era una persona que me había dado a querer mucho de esos señores, de todos los contingentes, de todos esos comandantes y chinos, así que llegué y me soltaron, confiaron en mí y me dejaron todo ese día y toda la noche suelta, como para que saludara a la gente. Al otro día me mandaron a bañar, como a las diez de la mañana, y luego a almorzar. Pero ya sabía que me iban a volver a amarrar. 
    Cuando me dijeron: «Alce las manos», yo las alcé sin necesidad de nada más, porque a los otros los hacen tenderse en el piso y los golpean para amarrarlos. Luego me llevaron para el juicio, al consejo de guerra, y simplemente yo cogí y me solté el cabello al frente de hartos; había hartísimos, alcé la cara, y ríame y ríame, y mis lágrimas salían. Lo único que esperaba escuchar era que me fusilaban. Estaba cansada de ambular y de todo, pero ninguno pidió fusilamiento, todos que fuera sancionada. Salí sancionada, y luego tuvimos que esperar la respuesta del secretariado de las FARC, porque de los juicios tienen que mandar reporte al secretariado. Ellos analizan, miran si uno ha tenido errores, cómo ha sido uno, por qué llegó allá, y ellos deciden si uno vive o muere.
    Me dejaron amarrada a una cadena de cinco metros; ese era el espacio que podía andar. Tomás volvió al campamento, y lloraba; era un comandante y todo, pero lloraba por mí. Me dijo: «Pero ¿por qué hizo esto?», y yo le conté que había estado en embarazo, que había tenido un aborto y él lloraba y decía que él hubiera querido que yo tuviera el bebé. Me dijo:  «Ahoritica no se sabe qué decisión tomen», y él sufría por eso. Pero él era el que mandaba a los guardias, y como a mí no me dejaban baño todos los días, me hacía sacar de noche, a escondidas, para bañarme.
    Yo divertía a los guardias, y a cinco compañeros que estaban conmigo; les bailaba encima de la caleta cuando sonaba «La Ciguapa»; les bailaba y les decía chistes. Me reía, los hacía reír y trataba de darles ánimo, porque ellos mantenían lloren y lloren, y les cantaba, y se ponían contentos. Luego que los miraba contentos, me afligía, me ponía a llorar y me tiraba al piso, me desahogaba llorando y me ensuciaba todita y luego decía: «Pero si les doy ánimo a ellos, ¿por qué me voy a dejar?». Entonces me subía otra vez a la caleta y seguía riéndome. Decían: «Esta es como bobita; se enloquece, se enmugra, baila, nos hace reír, llora, no le paren bolas a esa loca». Trataba de darle ánimo a los otros, porque ellos sí creían que los iban a fusilar. Eso fue como un mes completico, de fecha a fecha, cuando llegó el comandante, otro que no era Tomás, y me dijo:  «Quítese ese lazo», y yo: «¿Cuál lazo?». «Quítese esa bicha, ese candado, arránquese eso». Y yo: «Pero ¿cómo voy a partir una cadena si yo no tengo fuerza?», pero él era chistiando, y yo le dije: «Mejor váyase de acá, no lo queremos ver, les estamos cogiendo rabia a todos ustedes porque nos están haciendo sufrir» Y él dijo: «No, de verdad, quedan liberados».
    A mí me mandaron a trabajar a la cordillera, a pagar sanción, y Tomás se quedó. Él se consiguió otra mujer, una civil, mientras yo permanecía sola, porque guardaba la esperanza de volver con él, a pesar de todo, pues él era mi respaldo. En la cordillera fue durísimo trabajar, porque estaban abriendo un camino. Era en un páramo feísimo y tocaba escalar. Lo llaman La Nevera. Estuve más de un mes trabajando duro, como un hombre; salía con las manos ampolladas, los pies ampollados, los cachetes todos rojos del frío y estaba amarilla, porque allá el sol no calienta.
    Cuando bajé estaban hartos frentes reunidos Se estaban juntando porque iban a emboscar una estación de policía que era difícil de tomar, por allá en el Caquetá, en El Paujil. Entonces me sacaron en comisión. Yo sabía disparar, pero que se diga defenderme en un combate, no. Había hecho cursos pero de política, y uno de tiro, pero así saber defenderme, no, y además yo era una niña consentida. Ya cuando íbamos por Los Jazmines del Caquetá, una mañana nos mandaron a una exploración, a hacer un retén en un lado distinto del de la emboscada, para ver cómo estaba todo. Nosotros no pusimos cuidado de nada. Éramos grupitos de a veinte y los de veinte se dividían en de a cuatro o de a cinco, y nos fuimos metiendo por todo ese monte hasta que llegamos a una escuela. Allá nos pusimos a recochar y le pagamos a una señora para que nos diera comida. Era como estar liberados, de vacaciones. 
    En esitas pasó un policía. Hicieron el retén, cogieron un policía pero iban dos, y el otro se fue y a nosotros nos llamaron por la radio pero, por estar jugando, no recibimos el informe. Cuando al otro día fue que miramos los camionados de guerrilla a toda, y corra a coger las cosas y a escondernos. ¡Nos metieron una regañada! Dijeron que el ejército venía en pela, y nosotros corra, porque el camión iba lleno. Esa noche nos quedamos en una finca, pues ya íbamos todos cansados. Nos fuimos a dormir pero mandaron una exploración, porque los perros estaban latan y latan, y cuando eso pasa es porque hay gente o animales cerca. Mandaron a explorar pero el explorador salió a tomarse una gaseosa y nosotros confiados de que él había ido. Yo presté el turno de guardia de dos a cuatro de la mañana. Fui y entregué la guardia, pero uno siempre con miedo porque escuchaba ruidos, yo sentía que ya nos iban a matar, sentía la muerte encima. Entregué sin novedades y el otro se quedó dormido en la guardia; no escuchó nada ni pasó ninguna información. Estábamos esperando el desayuno para salir, pero yo estaba enferma: tenía como ocho nuches por entre las piernas, nacidos y fiebre. La enfermera me estaba revisando cuando escuchamos fue que pa, pa, pa. Me paré y corra a la puerta. Miré que venían los chulos —nosotros les decimos chulos a los soldados—. Estábamos en plena loma y cuando miramos fue que iban subiendo como gusanos. Salí para la otra puerta y también venían. Estábamos emboscados. No había nada que hacer. El otro guardia estaba ahí, con la cabeza destapada a tiros.
    Lloviznaba y estaban todos los muchachos alrededor de un palo esperando el desayuno para partir. Entonces miré que mis compañeros iban cayendo como quebrados por pedazos; me dio desesperación. Adentro estábamos el ranchero, haciendo el desayuno, la enfermera, la familia y mi persona.
De pronto el ranchero cogió el fusil, salió disparando y les quebró las piernas como a tres soldados, y los soldados con más rabia mandaban granadas a la casa, que ya estaba destrozada, y nosotros con tres niñitos y la mamá; ellos se metieron debajo de la cama, y nosotros sin saber qué hacer. Cogí el arma para disparar, pero luego pensé que no había mucho qué hacer y que si lo hacía me podía ir peor. Boté el arma, boté el chaleco, corrí y les grité que no dispararan porque había niños adentro, pero no me escucharon y siguieron mandando balas. El ranchero salió a disparar otra vez, echó una ráfaga y lo mataron. Ya sólo quedábamos nosotras. La casa estaba destruida, las paredes, todo. Echaban bombas, granadas. Quedamos en un rinconcito y los tiros caían por encima, fue como un infierno, fue como decir: «Si quedo viva, quedo loca; si quedo viva, no recuerdo nada; si quedo viva, quedo inválida; yo de aquí no salgo buena». Esos eran mis pensamientos porque las balas llovían y lo único que yo hacía era sobarme la cabeza y pensar. Mi compañera me dijo: «¡Hey!, venga, no haga nada; venga, venga». Nos vestimos de civil, nos quedamos allá y llegó el ejército.
    Entró un soldado y dijo: «Ya llegamos, los vamos a ayudar». Los niños se salieron de debajo de la cama, yo cogí a un niñito y lo cargué, la enfermera cogió a otro niñito y la mamá al tercero; nosotras les habíamos dicho: «Digan que somos familiares suyos». Cuando de repente ese soldado empezó fue a echarme el carretazo: «¡Huy, mamacita!», me dijo, y que dizque dónde estudiaba. Yo le dije que por ahí, y mi compañera dijo que yo estudiaba en Florencia. O sea, ella decía una cosa y yo decía otra. Ella dijo que yo era su hermana y yo que era prima. Y yo ríame como de nervios, y la otra estaba re asustadísima.  Cuando el soldado me dijo: «Venga, nos vamos para Florencia», Él me dio la mano y yo no le extendí la mía, porque estaba enllagada; entre carne viva y sangre tenía mis manos de trabajar; mis pies estaban enllagados de las botas mojadas, mi piel de la cara estaba quemada. Así de lejos se conoce a un guerrillero. Él me dijo otra vez que lo acompañara a Florencia, y yo que no. Al fin le dije: «Soy una guerrillera». Entonces entró un cabo primero y me cacheteó, me pegó, me tiró al piso, me pateó y dijo: «Llévense a esta perra de acá, llévensela que la mato», y yo ríame en el piso, de los nervios. Luego me sacaron para un batallón y ahí ya me calmé un poco, porque un oficial fue a hablar conmigo.
    Luego me trasladaron para la corre, para la correccional de menores de Florencia, y de ahí para la casa del menor. Después me mandaron para Bogotá y entré a este programa. Allí empecé a querer nuevamente mi vida. He estado en casas en otras ciudades y le cogí aprecio a muchas cosas; perdoné a varias personas. Se me arregló mi vida. Tuve muchas cosas claras. Aprendí a valorar la vida, a querer estudiar, a perdonar y lo hice con mi mamá y con otras personas. Funcionó porque antes yo la recordaba y la quería encontrar y cobrarme todas y ahoritica no. Sí quisiera saber de ella, pero no quiero volver donde ella. Tampoco quiero que venga a visitarme. Yo sé que la quiero, pero no quiero escuchar su voz, porque me haría ir y todo comenzaría mal de nuevo. Me niego a muchas cosas, no escucho su voz ni le escribo. 
    Aquí he aprendido a tener muchas cosas positivas; perdí el miedo. Recién llegué me daba miedo hablar con los educadores, sentía que ellos me iban a hacer daño, pero ya aprendí a valorar todo.
Ahora pienso seguir estudiando y tengo un proyecto que estamos trabajando, que es montar una miscelánea para sostenerme y terminar mis estudios. Pienso terminar mis estudios y capacitarme en sistemas, estudiar luego en la universidad, ser enfermera, o sea ascender, no pienso quedarme en una sola cosa.

lunes, 21 de marzo de 2011

HOMOSEXUALISMOS Y FIN DE SIGLO


POR FLORENCE THOMAS



«Si es difícil vivir, es aún más difícil explicar nuestra vida».
                                                                                                   Marguerite Yourcenar  

 «Gay is okey». 
                             Consigna homosexual 

En los últimos 40 años de este siglo que agoniza, todos y todas fuimos testigos de fantásticas mutaciones de la sociedad moderna. Entre ellas, una de mayor significación e impacto es, muy seguramente, expresada por los encuentros entre hombres y mujeres en la intimidad, desde el cuerpo, el deseo y la palabra; en efecto, la revolución de la condición femenina por medio de su inaugural deseo de ser, de existir y de hablar ha transformado hondamente la manera como hombres y mujeres se encuentran y se juntan hoy, y ha provocado un cambio más radical a lo largo de estas cuatro últimas décadas, que durante los dos mil años que las precedieron. En relación con el amor y la sexualidad, las normas se trastocaron, muchos códigos se derrumbaron y nuevas  estrategias, cada vez más individuales, se multiplican a sabiendas de que todas pueden aspirar hoy a una misma legitimidad y a un mismo reconocimiento social, aun si todavía estamos lejos de aceptarlo, por lo menos en Colombia.  

No obstante, el camino está abierto; este camino hacia el derecho a ser y sentir lo que uno o una quiere ser y sentir; el derecho a existir y el derecho a que su palabra sea tomada en serio. Y, como ya lo anunciaba, si uno de los géneros sabe algo de esto, es el femenino. Esta mutación la ha luchado, la ha vivido, la vive todavía día tras día. El hecho de ser mujer, sicóloga y feminista, y en consecuencia interesarme por los movimientos sociales —específicamente el movimiento social de mujeres—, me otorga entonces, creo yo, alguna legitimidad para hablar de la cuestión homosexual. Por otra parte, feministas y homosexuales compartimos —o deberíamos compartir— muchas estrategias de lucha, tanto en el campo teórico como en la militancia cotidiana; en este sentido el movimiento gay y lesbiano nunca me ha sido indiferente, así que he tratado de seguir con alguna vigilancia su recorrido. Además creo que hoy en día nadie, quiero decir ningún ciudadano o ciudadana del mundo moderno, puede estar alejado de los gays y de las lesbianas. Su misma visualización colectiva en la cultura urbana por medio de una estética, de un destape paulatino pero seguro en los espacios públicos, en los medios, en las calles y en los bares, nos obliga a reflexionar sobre la cuestión homosexual porque ahí están: amigos o amigas, hijos o hijas, aunque podríamos decir —y sobre esto volveremos más adelante— que las homosexualidades se encuentran hoy en todas partes, menos en la familia... Pero ya nadie puede obviar del todo su existencia. Alimentan temáticas de cine, de teatro, de novelas, y de cada uno de los campos de la estética. Ahí están, querámoslo o no, sin importar si podemos responder a la pregunta de si nacieron o se hicieron homosexuales. Están, y al igual que para los heterosexuales el protagonista de su relación es el amor, el mismísimo amor con todos sus goces y estragos, su sexualidad, exactamente como la heterosexual, se ha construido subjetiva, histórica y culturalmente.  

Me alegro de que los gays y las lesbianas estén ahí; me alegro porque vuelven a dar sentido a muchas de las grandes cuestiones de la ciencia social en este fin de siglo, a muchos de los interrogantes sobre la modernidad y la posmodernidad; de nuevo le dan significado a la cuestión del poder y de las especificidades de la dominación simbólica que se ejerce todavía sobre las mujeres, y con más fuerza sobre ellos y ellas, los gays y las lesbianas; vuelven a cuestionar todos los ordenamientos históricos naturalizados a lo largo de los siglos; vuelven a cuestionar, tal como lo hicieron los movimientos feministas, lo incuestionable; nos ayudan a vivir en un mundo en el cual todo lo que pensábamos imposible se torna posible. En este sentido el movimiento social de mujeres y el movimiento gay y lesbiano nos devuelven la fe en las utopías. 
De lo natural a lo cultural o de la historicidad de las sexualidades  

Volver al paso de un orden natural a un orden cultural me parece importante cada vez que necesitamos recordar que la única naturaleza de los seres humanos es la cultura, o que recurrir a la ley natural —como lo hacen todos los detractores del feminismo o de las homosexualidades— no tiene sentido. No existe tal ley natural y hoy sabemos que, exactamente de la misma manera como no hay naturaleza femenina o naturaleza masculina, tampoco existe una ley natural del amor o de la sexualidad. Ni la masculinidad, ni la feminidad, ni el amor, ni el erotismo son naturales; todos estos conceptos son constructos culturales e históricos. Volver a la ley natural como principio de argumentación es retornar al orden de lo biológico, a la lógica del instinto, de la cópula del macho y de la hembra que no pueden sino reproducir ciegamente la especie, fuera de toda ética, fuera de toda historia y, por ende, sin ninguna posibilidad de transgresión, que es lo que posibilita la cultura, la ley y, en general, los dispositivos ideológicos de una sociedad.  

En efecto, desde que este extraño «mutante humano», en un proceso que duró millones de años, se levantó sobre sus dos piernas y empezó a habitar el mundo, ya no sólo perceptual y sensorialmente sino también en forma conceptual gracias a la liberación de la palabra, del símbolo y por tanto del deseo, nunca más volvería a someterse simplemente a la lógica del instinto o de la pura necesidad. Desde que el macho y la hembra cedieron el paso al hombre y a la mujer, seres hablantes, soñadores y constructores de futuro, seres de memoria y por consiguiente de amores difíciles y a menudo contrariados, la ley natural del instinto y de la cópula se volvió insuficiente para explicar la complejidad de lo humano, en particular en materia de sexualidad, de deseo, de erotismo, de placeres y de prácticas de sí, conceptos que pertenecen definitivamente a la cultura. 

Poco a poco, y a medida que se alejaban los puros determinismos biológicos en los cuales están encerradas todas las especies animales, la naturaleza de lo humano se volvió cultura y se creó un orden de interpretación ya no sólo biológico sino predominantemente simbólico. Un orden en el cual —en cuanto al tema que nos interesa hoy— ya no existe un objeto sexual específico a la necesidad, ni respuesta exacta a la demanda de amor, porque —como dice Michel Foucault— se problematizó el sexo en sexualidad, que es mucho más que sexo, porque pasar de éste a aquélla es pasar del acto puro, sencillo y aséptico, a la demanda, que es demanda de amor, a la relación que es palabra, interpretación, construcción de un otro o una otra de deseo, de un otro u otra fantaseado dentro de un contexto histórico y ético que son los que precisan, ordenan y disciplinan ahora nuestros encuentros. 
Significa por consiguiente que al perder la respuesta exacta a la demanda de amor, cualquier objeto sexual puede volverse objeto posible y que, en materia de opción sexual, la heterosexualidad representa sólo lo que ha sido más fuertemente normatizado y disciplinado por una cultura, o dicho en otras palabras, la actitud más comúnmente adoptada por presión cultural. Nos permite entonces recordar la historicidad de los dispositivos de la sexualidad gracias, entre otros, al monumental trabajo de Foucault sobre el tema.  

Sabemos hoy que cada época pensó, moldeó y codificó la sexualidad según esquemas a veces profundamente distintos; en este sentido Foucault nos recuerda que cuando nos preguntamos sobre la legitimidad de la homosexualidad, nos podríamos preguntar así mismo sobre la legitimidad de la heterosexualidad, sobre su invención y sobre los discursos que la construyeron e instalaron en cuanto realidad normativa. Por supuesto sabemos que el confort de la normatividad nos vuelve particularmente perezosos en el campo intelectual y por eso preferimos recurrir a una presunta ley natural. Pero en los Estados Unidos, país que tiene una larga tradición de movimientos y estudios gays y lesbianos, uno de los pioneros de estas investigaciones, Jonathan Katz, escribió La invención de la heterosexualidad, libro que fue seguido de numerosos trabajos articulados a esta idea de una «invención» o «construcción» histórica de la heterosexualidad. Además hoy la sexualidad, gracias a la contracepción y la interrupción voluntaria de la gestación, por cierto no legalizada todavía en nuestro país, es un fin en sí misma y se separó radicalmente de la reproducción. La heterosexualidad así evolucionó hacia una sexualidad no reproductiva, tal como la homosexualidad; en este sentido podríamos hablar de un lento pero seguro acercamiento en los modos de vida de los heterosexuales y los homosexuales, y preguntarnos de verdad cuál es la gran diferencia entre ellos, ellas y nosotros. 
Ilegitimidad, clandestinidad y discreción  
Esta nueva mirada (nueva para nosotros, porque es importante recordar que sobre la cuestión y los estudios homosexuales las universidades colombianas y la sociedad en general se muestran tan reticentes hoy como lo fueron frente a los estudios feministas hace algunos años) nos explica en parte por qué hoy se habla frecuentemente de Queer Studies o Estudios Queer para designar los estudios que buscan desnaturalizar las categorías tradicionales de la sexualidad. Queer, palabra que significa originalmente «raro», «anormal», «extraño», se utiliza entonces para designar todas las sexualidades. Todas: gays, lésbicas, bisexuales, travestis, transexuales, heterosexuales, son queer; todo lo que podía parecer natural también es queer. Nosotros y nosotras, los tan sanos heterosexuales, también somos queer por el simple hecho de que no somos ni más ni menos naturales que los homosexuales. Esto, por supuesto, no nos autoriza a soñar todavía.  Si esta mirada que nos centra en la historicidad de todos los dispositivos de la sexualidad y nos permite relativizar la posición de las homosexualidades, la forma particular de dominación simbólica que conoce la comunidad homosexual, gay y lésbica, es aún muy arraigada y resistente, más en un país como el nuestro en el cual apenas existe un movimiento organizado militante y en el que cualquier existencia legítima, pública y reconocida es todavía prácticamente imposible a pesar de alguna visualización que  aceptamos y toleramos, siempre y cuando ésta se quede en el campo de la discreción. 
Y como lo muestra el sociólogo francés Pierre Bourdieu, en uno de sus trabajos sobre la cuestión, la discreción solicitada a la comunidad gay es exactamente la violencia simbólica. La discreción consiste en recordarles hasta el cansancio a los y las homosexuales que sigue existiendo una sexualidad legítima dominante, y unas sexualidades ilegítimas toleradas. En general es cuando los gays y lesbianas reivindican visibilidad, que vuelve a solicitárseles, en el mejor de los casos, discreción o disimulación. Sin embargo Christine Delphy, en un artículo titulado «El humanitarismo republicano en contra de los movimientos homo», opina lo siguiente:  

«La discreción es la doble vida, la clandestinidad en tiempo de paz. Pero ¿sí puede existir tiempo de paz para mujeres y hombres que viven siempre al acecho y en peligro, que temen ser desenmascarados o desenmascaradas, estigmatizados o estigmatizadas, cuando no agredidos tan pronto son desenmascarados? Y, puesto que nadie se esconde cuando nada tiene que disimular, los y las homos terminan por creer que están haciendo algo mal. La discreción es también estar solo; es mentir un poco, mucho, en acción, en omisión. Aun a sus amigos, a sus amigas. La autoestima no resiste mucho a este tratamiento. Vivir en el miedo, en la mentira, en la soledad, en el desprecio de sí. Esto es lo que imponen a los y las homos los liberales progresistas que piden discreción».  
Todos nosotros, tan progresistas, tan liberales y especialmente tan sanos heterosexuales, es lo que les pedimos día tras día a los gays y a las lesbianas.  
Y ni hablar de las familias, puesto que si el discurso público cambia, éstas siguen siendo el lugar de más resistencia y fuente de más dramas; anunciar una sexualidad diferente a sus padres sigue siendo una catástrofe, un cataclismo de enormes proporciones. La familia continúa siendo el escenario, el lugar de más violencias simbólicas por ser todavía portadora y reproductora de los valores más tradicionales de la sociedad; en relación con la familia, la homosexualidad significa, más que en ningún otro lugar, aislamiento y soledad. Como lo expresa de manera tan contundente Frederic Martel en su libro Lo rosado y lo negro, todos los homosexuales tuvieron un día la experiencia de «no sentirse en casa en su casa». La familia y, en menor grado hoy, la sociedad obligan a una verdadera esquizofrenia de las prácticas de vida de los homosexuales. Algunos no lo soportan y cortan todos los puentes familiares para vivir en guetos; otros se enferman o adoptan comportamientos sexuales de enormes riesgos. Sin embargo, nada de esto figura como temas de estudio ni para la sicología ni para la sociología, por lo menos en nuestras universidades. 
Y a propósito de esto es interesante anotar que los estudios gays y lésbicos conocen más o menos la misma historia que los estudios feministas. Muchas interrogaciones son las mismas, muchas resistencias vienen de los mismos lugares y se expresan casi de igual manera. El feminismo todavía figura como una especie de sarampión contagioso y subversivo, y el homosexualismo como otra enfermedad vergonzosa que bien podría estar en el mismo saco de las plagas de fin de siglo. Incluso desde la universidad, desde el saber académico, los muros de contención a estas temáticas son de una solidez a toda prueba, o casi... y si tenemos hoy una maestría en estudios de género en la Universidad Nacional (por supuesto nos tocó llamarla así para no asustar a los patriarcas del saber... si la hubiéramos llamado «Estudios feministas», nos habría tocado luchar siete años más, ¡y teníamos afán!), ¿por qué no pensar entonces que pronto, dependiendo de la fuerza del movimiento social de gays y lesbianas, podrán abrirse módulos o cursos relacionados con los estudios gays? 
Se trata, ni más ni menos, de hacer progresar el saber en cuanto realidades que existen y siempre existieron, pero que fueron desconocidas o subestimadas por la investigación. Y contrariamente a lo que puede pensarse, no se intenta crear una cultura gay o lésbica, pues ésta siempre existió. Se trata entonces de hacerla visible para el saber por medio de estudios históricos, sociológicos, antropológicos o sicológicos, a sabiendas de que este campo de investigación y de reflexión se refiere al conjunto de saberes sobre la sexualidad en una cultura dada y su profunda interrelación con los discursos jurídicos, políticos, médicos, pedagógicos, estéticos. Interesarse por la sexualidad es interesarse obligatoriamente por las homosexualidades y por todos los discursos relacionados con ella, de la misma manera como interesarse por la historia de la humanidad era obligatoriamente interesarse por las mujeres y visualizar su particular condición histórica; sin embargo, hubo que esperar varios siglos para que el feminismo y el movimiento social de mujeres lograran fracturar un saber patriarcal autosuficiente y sordo a una realidad que habitaba en su mismo corazón desde siempre: lo femenino. Y si mal no recuerdo, esta historia es por dar valor y tenacidad a los gays y a las lesbianas. La lucha es dura y larga, pero en este fin de siglo de escenarios y sujetos inesperados, el camino está ya entreabierto tanto para las mujeres como para los gays y las lesbianas, aunque —obviamente— tendrán que superar muchos obstáculos; a este respecto la organización Amnistía Internacional publicó recientemente un informe sobre violencias y persecuciones contra los gays y las lesbianas en todos los países del mundo en el que concluye que ellos y ellas representan una comunidad en peligro. Los problemas por resolver son muchos y entrañan enormes retos: preguntarse sobre el sentido de la comunidad gay, sobre su guetización o no guetización, su militantismo, sus luchas políticas, académicas, jurídicas, de visualización, sus luchas afectivas desgarradoras, prácticas de sí novedosas; todos estos deben ser temas de sus agendas de trabajo... Pero para no desanimarlos, sepan que en la última «gay pride», realizada en París el verano pasado, desfilaron cerca de 200.000 gays y lesbianas reclamando, entre otras consignas, el reconocimiento social y jurídico de las uniones homosexuales. Actualmente la ministra de Justicia francesa está preparando un nuevo contrato de unión social, abierto a todos y todas los homosexuales, el cual se estudiará en el Congreso en los próximos meses (los homosexuales de los países nórdicos ya obtuvieron los mismos derechos que las parejas heterosexuales casadas). Salir del closet vale la pena. 
De la admiración, solidaridad, envidia y... algo más   

Desde una óptica feminista, los homosexuales —y hablo ahora de los homos hombres— nos interpelan tal vez porque nos dan una esperanza frente a la posibilidad de una masculinidad diferente. Claro que ahí voy a soñar despierta, porque la amplitud y complejidad de las sexualidades nos impide una única caracterización de los gays, y sé que dentro del movimiento o del conjunto de los gays encontramos desde homosexuales que nos reconcilian con el género humano —y paradójicamente con una cierta masculinidad—, hasta homosexuales supermachos y tenazmente misóginos. André Gide nos recuerda a este propósito que «la homosexualidad, exactamente como la heterosexualidad, comporta todos los grados, todos los matices: desde el platonismo hasta la suciedad, desde la abnegación hasta el sadismo, desde la salud gozosa hasta la morbosidad, desde la simple expansión hasta todos los refinamientos del vicio». Y por supuesto, desde mi militancia de feminista, no podría solidarizarme con toda la gama de los homosexualismos o transexualismos; no podría solidarizarme con un grupo que reproduce, dentro de la variedad de los gays, lo más execrable de una cultura patriarcal misógina, desde el insoportable orgullo de ser un penetrador, y sólo un penetrador, reproduciendo finalmente todos los estragos de la heterosexualidad para la cual penetrador y penetrada perpetúan la dominación simbólica del uno sobre la otra, o el otro, en el caso del homosexual penetrador. ¡No me pidan lo imposible! En este sentido nunca seremos suficientemente prudentes con la terminología y con la tentación de reducir la complejidad de las homosexualidades, en un conjunto homologador que nombra sin reparo al homosexual. ¿Cuál homosexual?  

Ahora bien, creo, o más exactamente, quiero creer, que el camino de la mayoría de ellos va en contravía de la más clara opción heterosexual del patriarcalismo que, como nos lo mostró de manera tan contundente Elizabeth Badinter, impone como regla inevitable de una educación machista la que repite de mil maneras distintas a los varoncitos que ser hombre es, ante todo, no ser mujer, y que para lograrlo es necesario mutilarse lo más posible de su feminidad, alejándose del mundo de lo femenino y asegurando finalmente su virilidad «teniendo mujer», que es la mejor manera de no ser mujer. En otras palabras, ser macho es ser heterosexual, pues consiste en haber enterrado en lo más hondo de su ser su feminidad, esta tan dulce feminidad hecha de caricias, juegos y olores del patio de atrás de su pequeña infancia. Ser macho es nunca más revelar esta enorme y contradictoria atracción por el mundo de lo femenino, y la solución más radical a esta imprescindible ambivalencia es la heterosexualidad, es decir, tener mujer para no ser mujer.  

Los homosexuales tienen el valor de desordenar y subvertir el disciplinamiento de la sexualidad oficial, recordándonos a todos y a todas nuestra bisexualidad; nos recuerdan que fue la cultura la que presionó a los varones para seguir el camino de una masculinidad definida por una serie de marcadores culturales que sirven a un orden profundamente patriarcal. En el cuerpo del otro, el homosexual ama y desea un conjunto de signos que simplemente no responde a los estereotipos determinados por una cultura. Aman una mirada —la de un hombre—, una expresión —la de un hombre—, un olor —masculino—, el grano de una piel —de hombre—; aman un discurso, un momento, un silencio... Imaginemos el escenario: están los dos sobre la cama, después de hablar durante horas de todo lo posible e imaginable; de repente, uno de los dos empezó a acariciar al otro, suavemente, despacio, en silencio. No podían fingir más: había que hacerlo, simplemente. Luego, agotados pero felices, se durmieron en seguida. Nunca se habían sentido así, tan bien... Si inventé este escenario no fue para convencerlos de que esta situación es exactamente igual a un escenario heterosexual, pues no hay nada más distinto que el mundo masculino y el mundo femenino; por consiguiente, no me atrevería a comparar la química amorosa homosexual con la heterosexual. No obstante, sí creo que son escenarios equivalentes en los cuales los cuerpos hablan, el deseo circula y el amor, simplemente, es el amor.  
Admiro el valor de los gays en este camino porque, a diferencia de los heterosexuales, les faltan códigos, normas y un orden cultural que prevé instituciones que dan movimiento a sus amores y que no puede afincarse en la generación de un hijo o una hija. Francisco Alberoni, en su libro Enamoramiento y amor, dice al respecto:  
«El que ama a un joven siente que su amado, un día, puede desear a una persona del otro sexo y, sobre todo, querer un hijo que él no puede darle. La presión de la cultura, el hecho de estar siempre acosado, en el fondo, por el otro sexo, el hecho de no poder dar un hijo, hace que el enamoramiento homosexual tienda a menudo a permanecer como tal, como enamoramiento, sin lograr convertirse en amor sereno, duradero». 
Y amo también a estos gays que tienen una mirada distinta sobre las mujeres, que nos hacen sentir  que hay una posibilidad para la amistad entre hombres y mujeres y que son capaces de ver en la mujer a una amiga y no sólo el eterno refugio materno o un abismo, una madre o una puta, la una demasiado potente y la otra demasiado infernal. He sentido a veces, con homosexuales asumidos y gozosos, amigos míos, esta otra mirada sobre lo femenino, y he apreciado con ellos una amistad fresca y sincera, cosa tan difícil de encontrar en hombres heterosexuales.  
En cuanto a las lesbianas, estas mujeres separadas por fin de la costilla de Adán, estas rebeldes radicales que tienen el enorme coraje de afirmarse sin reactivar su valor en la mirada o el deseo de un hombre y sin instalarse en el eterno registro de la demanda, me parecen admirables. Admirables por su fuerza frente a la castración, por su desmitificación del pene erecto como única promesa para la mujer. Admirables porque luchan de manera transparente y radical contra todas las narrativas de la cultura en las cuales el patriarcado obstaculiza de mil maneras, desde las más burdas y vulgares hasta las más sutiles, el reconocimiento y la autoridad femeninos. Sí, las admiro porque luchan sin tregua contra la agotadora mundialización de la realidad de los hombres; ellas, desde mi feminismo conciliador y a menudo tan contradictorio, me interpelan muy especialmente. Las lesbianas son así porque las otras mujeres hacen sentido en ellas, porque por fin las mujeres se vuelven signos en el espacio simbólico y de este modo modifican todos los referentes, todos los códigos y la red de signos diseñada por un sistema androcéntrico. 
Así mismo, su propuesta de desorden simbólico es ante todo una propuesta sexual. Afirman un erotismo de piel, mucho menos genital, mucho más sensual; un erotismo de tacto y no de táctica, de palabras y no de silencios —hablo de los silencios masculinos del amor— .Afirman un erotismo de senderos misteriosos y no de caminos conocidos de antemano; un erotismo que pasea, que circula para  durar más, que se distrae y se encuentra con playas desconocidas, aldeas misteriosas, veredas perdidas que son nuestra patria oculta o por lo menos exiliada por una sexualidad oficial tan masculina; un erotismo sin afanes ni soluciones precisas, sin lugar preciso a dónde llegar; un erotismo que busca «olasmos» y no orgasmos (que, definitivamente, es un concepto masculino), olasmos que no se verán truncados por una eyaculación siempre anticipada. Sí, ellas deconstruyen todos los cánones de la sexualidad oficial, esta sexualidad que se construyó desde un cuerpo masculino, articulada a la erección, la acción, la penetración, la genitalidad y la muerte. Esta sexualidad de hoy que necesita Viagra para no agonizar... De verdad la propuesta lesbiana pone en tela de juicio toda la gramática sexual, enreda las referencias fantasmáticas  y, subvirtiendo todo, simplemente invita al viaje, a la aventura....   
Creo que, aun si es difícil confesarlo en un mundo tan androcéntrico, muchas mujeres envidian la sexualidad de las lesbianas. Yo, sin ser lesbiana, pues siento que el disciplinamiento cultural de mi deseo ha sido tan magistral que no tengo ya el valor suficiente para desordenarlo, confieso que envidio profundamente su erotismo que, de hecho, no puedo sino intuir, con el riesgo evidente de equivocarme. Lo único que puede salvarme en esta descripción de la erótica lésbica es ser mujer, sentir como mujer, reconocerles autoridad a las mujeres, creer en sus  palabras  y reconocerme como una crítica existencial del sistema y la lógica en la cual me tocó vivir; además de cualquier manera comparto, como casi todas las feministas, muchos elementos de lucha con ellas, entre otros esta construcción de un devenir femenino que no transita obligatoriamente por la maternidad, que se inaugura como sujeto de deseo, que construye nuevos espacios de solidaridad entre las mujeres, estos espacios para el «entre ellas», para el «nosotras», para la «sororidad» (y no la fraternidad) después de miles de años de rivalidad. Un devenir femenino que busca transformar lo simbólico, la escritura, la palabra, la imagen y la representación de lo femenino.  
Feministas y lesbianas se emancipan de las ideas de docilidad, de pasividad y de conformismo generalmente atribuidas a lo femenino. Ellas aún representan lo no pensado de lo real, ese no pensado que está empezando a ser pensado. Es decir gays y lesbianas, como familias homosexuales, como contratos de unión con los mismos derechos que cualquier contrato heterosexual, como derechos de adopción y tantos otros que tienen todavía que luchar, ya que sólo será por esta vía que, poco a poco, podrán acceder al más fundamental de los derechos: el derecho a la indiferencia. Y esto es pensar lo no pensado. 
Finalmente, para volver a los gays y las lesbianas como movimiento social, me parece importante que se acerquen al movimiento social de mujeres, específicamente a las feministas, que tienen ya una experiencia recorrida en organizaciones, en luchas políticas y jurídicas, en producción teórica y en estrategias de inserción social y política. Deploro a menudo la insolidaridad de los homosexuales, sobre todo de los homos masculinos, con las reivindicaciones del movimiento feminista, como si nuestras luchas no fueran a menudo muy similares; incluso podríamos mencionar su insolidaridad con sus hermanas de lucha: las lesbianas.  Deploro que no entiendan que el feminismo también representa una ocasión histórica de lucha contra una dominación simbólica, contra un poder patriarcal heterosexual que nos concierne tanto a homosexuales como a feministas; movimiento feminista, movimiento gay y movimiento lésbico luchamos por la apertura de otros encuentros relacionales, afectivos y eróticos; por otra escritura, por otra palabra, por darle nuevas posibilidades a este mundo que agoniza. Deploro el machismo exacerbado de algunos grupos de homosexuales, afortunadamente no mayoritarios.  
Como decía al principio, no me pidan lo imposible, y sobre todo no me pidan entrar en contradicciones con mis luchas y mi militancia. No apoyaré ni me solidarizaré nunca con los homos supermachos y penetradores, ni con ninguna ideología ni grupos excluyentes. Pero sí me siento muy solidaria con los bisexuales, los gays, las lesbianas, los transgéneros que entendieron que todo lo que es bueno para las mujeres es bueno para la humanidad entera, así como también con los homosexuales que incluyen en sus reivindicaciones las luchas de otros grupos vulnerables y golpeados por una historia patriarcal, heterosexual y burguesa.  
Pero no terminaré con una nota pesimista sino recordando reflexiones de Michel Foucault, quien declaraba en una entrevista en el año 1981 que «la homosexualidad era una ocasión histórica para reabrir virtualidades relacionales y afectivas». Foucault no veía la homosexualidad como una especie humana singular, sino como una posición marginal, estratégicamente privilegiada, a partir de la cual sería posible inventar nuevas formas de relaciones consigo mismo y con los otros. «Ser gay es ser en devenir», diría un poco más tarde, en 1982. De alguna manera él nos proponía esforzarnos en devenir gay o lesbiana en el sentido de  posicionarse en una dimensión que permite que nuestras escogencias sexuales tengan efecto sobre el conjunto de nuestra vida, haciendo de ellas verdaderos creadores de nuevos u otros modos de vida. Esforzarse por devenir gay significaba para el gran filósofo, entonces, rechazar modos de vida impuestos, oponer resistencia a la regulación sexual y, al mismo tiempo, transformar nuestras opciones sexuales en operadores de un cambio de existencia. De alguna manera devenir gay significa des-anclar y abrir el espíritu. 
Los gays y las lesbianas son portadores de una enorme capacidad transformadora, pues ellos y ellas nos incitan a cultivar en cada uno de nosotros, en cada una de nosotras, la voluntad de ir más allá y de actuar sobre nuestro propio futuro. Necesitamos a los gays y a las lesbianas para entrar al nuevo milenio con una voluntad clara de reencontrarnos con todas las potencialidades de lo humano, sabiendo que no hemos explorado todavía ni la décima parte del camino. 
Bibliografía 
Alberoni, Francisco, Enamoramiento y amor, Gedisa, 1984. 
Varios, Les études gay et lesbiennes, París, Ed. Centre Pompidou, 1998. 
Revue Esprit, No 11, Novembre 1996. 
Foucault, Michel, La voluntad de saber. 
Le Monde, varios artículos. 
Revista Gaceta No 12, Bogotá, Colcultura, 1991. 
Conferencia pronunciada en el III Seminario Nacional sobre Ética, Sexualidad y Derechos Reproductivos, organizado por Cerfami. Medellín, 13 y 14 de agosto de 1998. 
 
ENTREVISTA A UN HETEROSEXUAL 
Javier Sáenz* 
¿Cuándo descubriste que eras heterosexual?  

Bueno,eso es algo de lo que te vas dando cuenta poco a poco. A los 12 o 13 años,en el colegio, notaba que me fijaba en las chicas; incluso tenía una maestra que me parecía muy guapa, pero por supuesto no me atrevía a comentarlo con mis compañeros. Luego, en el instituto, cada vez estaba más claro que deseaba a las mujeres; eso hizo que me sintiera fatal, pues en casa, en el colegio y en la parroquia nos habían dicho siempre que la heterosexualidad era algo horrible, que era pecado, cosa de anormales; así que yo lo vivía entonces como una monstruosidad. 
¿Y cómo tuviste tus primeras relaciones heterosexuales? 
 Fue bastante complicado, porque no estaba seguro de que también hubiera chicas heterosexuales; es más, nunca había visto alguna. El caso es que unas vacaciones fui a veranear a Sitges, y paseando por la playa, al anochecer, vi que había bastantes chicas y chicos solitarios mirándose, e incluso en parejas. Una chica me dio conversación y a las pocas horas estábamos haciendo el amor en la arena. Ella fue quien me introdujo en el ambiente heterosexual. 
¿Qué opinas de los bares de ambiente heterosexual?  
No sé qué decirte. Por una parte están bien, porque son bares donde puedes ligar con una chica sin que la gente se ría de ti, y donde sabes que las chicas también son como tú. Pero, por otra parte, creo que generan una especie de gueto; ahí puedes ligar con chicas, pero fuera, en la vida cotidiana, nada cambia; te sigues reprimiendo y ocultando tu heterosexualidad. 
¿Te costó aceptar tu heterosexualidad?  
Sí, mucho. Al principio te echas, piensas que eres una especie de anormal o enfermo porque oyes siempre a tus amigos y a todo el mundo reírse de los heterosexuales, y te han educado para que no concibas que un hombre y una mujer puedan quererse. Luego ves que hay mucha gente como tú, y conoces que en otras culturas o en otras épocas la heterosexualidad es una conducta como cualquier otra. Entonces empiezas a preguntarte cómo se ha generado tanto odio contra algo tan hermoso como el amor entre hombres y mujeres, y no lo puedes entender. Además, la gente a menudo tiene mucho miedo de ti cuando se entera pues piensa que quieres violar a las chicas o algo así; la verdad es que me cuesta comprenderlo. Creo que es una cuestión cultural, porque que cada sociedad tiene conductas racistas o de segregación, y ésta es una de ellas. Es curioso cómo te enseñan a vigilar tu propia conducta, a percibir tus sentimientos como algo específico, como algo raro. 
¿Qué opinas de que los heterosexuales lleguen a tener los mismos derechos que los demás ciudadanos?  
Creo que debe ser una conquista fundamental. Supongo que, con el tiempo, la sociedad se dará cuenta de que no es justo que simplemente por ser heterosexual, una persona no pueda gozar de los mismos derechos básicos que tienen otras parejas, como casarse, disfrutar de subsidio de vivienda, tener ventajas en alquileres, hacienda o para comprar casa, derechos de herencia o simplemente para trabajar; es como si tu vida de pareja no fuera verdadera, como si fuera de segunda clase. Hay empresarios que cuando descubren que eres heterosexual te despiden o, por el contrario, no te contratan. En realidad me gustaría que la orientación sexual no dependiera del Estado ni de las leyes. Ni siquiera creo demasiado en esas categorías de homosexuales que desearían tener relaciones con chicas y no se atreven por miedo: lo viven en la clandestinidad. Yo creo que la sexualidad, sea lo que sea eso, es algo mucho más diverso y complejo que lo que nos enseñan. Cada uno es un mundo, no somos binarios como los ordenadores. 
¿Qué opinas de las declaraciones de Juan Pablo II condenando la heterosexualidad como pecado?  
Eso es una barbaridad. El papa pertenece a una especie cavernícola que espero que se extinga con los años. El catolicismo oficial siempre ha sido muy duro contra la heterosexualidad (bueno, no siempre según Boswell), pero es increíble que a fines del siglo XX el papa siga atacando esta conducta sexual. Creo que está haciendo mucho daño, porque esas opiniones tienen influencia sobre un sector de la sociedad. 
Tú eres maestro de profesión; ¿tu condición sexual te plantea problemas en tu vida laboral?  
Sí, en la medida en que tengo que ocultarlo a toda costa. Incluso si a veces adopto ademanes masculinos o viriles, se me escapa la voz grave, etc., en seguida empiezo a ser sospechoso. Muchos padres piensan que los varones heterosexuales nos dedicamos a corromper a las niñas (o niños, si es una mujer), que somos un peligro para la socialización de sus hijos, o algo así (no me extraña que lo piensen, dada la imagen con que se nos presenta en las películas: sicópatas, drogadictos, etc.). Creo que si se educara a los niños desde pequeños en la diversidad, sin patrones cerrados de sexualidad, su vida futura sería mucho mejor. Me hace gracia ver a amigos presuntamente progresistas y revolucionarios que, sin embargo, no dejan de hacer comentarios agresivos contra los heterosexuales, y usan las típicas expresiones insultantes como «machote», «torero», «tío», «ése tiene cojones», «los tiene bien puestos», «pecho lobo», etc., cuando ven a alguien con pinta de heterosexual. 
Como heterosexual, ¿tienes miedo a contagiarte del sida? 
Esa es una pregunta perfectamente estúpida. El sida se transmite por vía sexual, sea cual sea la orientación sexual de la persona. Este enfoque sensacionalista de la prensa y las películas de que el sida afecta más a los heterosexuales es falso, y la sociedad debería saberlo; la categoría de grupos de riesgo es absurda, pues lo que existen son prácticas de riesgo. He visto seis películas sobre el sida este año, y en todas ellas el protagonista, enfermo de sida, era heterosexual. ¿Qué te parece? 
¿Tus amigos saben que eres heterosexual?  
Digamos que en eso tengo la suerte de contar con unos amigos estupendos, con pocos prejuicios sobre el tema, a quienes por supuesto no les he ocultado nada; incluso conocen a mi novia y no perciben esto como algo anormal. Es más, con el tiempo algunos de ellos me dijeron que también eran heterosexuales. Pero aparte de los amigos, a menudo es duro no poder ir por la calle de la mano de mi mujer, ni besarla, ni mirarla como se mira a alguien cuando lo quieres. Esa vigilancia de uno mismo te duele, te sientes controlándote, pensando siempre en el que dirán. 
*Por petición expresa, hemos omitido el nombre de la persona entrevistada. 
 
*Florence Thomas. Sicóloga de la Universidad de París. Coordinadora del Grupo Mujer y Sociedad de la Universidad Nacional de Colombia. Autora, entre otros libros, de Los estragos del amor (1994) y Conversación con un hombre ausente (1997)