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martes, 7 de junio de 2011

DOS HISTORIAS DE ESCLAVITUD


DOS HISTORIAS DE ESCLAVITUD

 Tomado de http://www.letraslibres.com. AGOSTO DE 2007

Publicadas en 1846, en los albores del nacimiento del periodismo moderno, estas dos crónicas de la cotidianeidad de los esclavos negros contienen ya el tono de indignación y denuncia que marcaría el devenir de los periódicos y su participación en la vida pública.

HOMBRES EN VENTA
Virginia, diciembre de 1846
Asistimos a la venta de un terreno y otras propiedades cerca de Petersburg, Virginia, y de repente presenciamos una subasta pública de esclavos, a quienes se les dijo que no los venderían. Los reunieron frente a los barracones, a la vista de la multitud ahí congregada. Después de liquidar la propiedad se escuchó la estrepitosa voz del subastador: “¡Traigan a los negros!”
Una sombra de desconcierto y de temor invadió su rostro al tiempo que se miraban unos a otros, y después a la multitud de compradores, cuya atención ahora estaba centrada en ellos. Cuando por fin cayeron en cuenta de la horrible certeza de su venta, y de que jamás volverían a ver a sus familiares y amigos, el efecto fue de una agonía indescriptible.
Las mujeres levantaron a sus bebés de un tirón y corrieron a sus chozas dando gritos. Los niños se escondieron detrás de los árboles y las barracas, y los hombres permanecieron de pie, mudos de desesperación. El encargado de la subasta se paró frente al pórtico de la casa y alineó a los “hombres y muchachos” para inspeccionarlos en el patio. Se anunció que no había ninguna garantía de sanidad por lo que los compradores mismos debían examinarlos. Algunos ancianos fueron vendidos por entre trece y veinticinco dólares. Resultaba doloroso ver a los viejos, doblados por años de arduo trabajo y sufrimiento, ponerse de pie para ser objeto del escarnio de brutales tiranos, y escucharlos hablar sobre sus enfermedades y su inutilidad, por temor a que los compraran los traficantes de esclavos del mercado del sur.
A un muchacho blanco de alrededor de quince años se le obligó a subir a la tribuna. Tenía el cabello castaño y lacio, el tono de su piel era exactamente el mismo que el del resto de las personas de tez blanca, y en su semblante no se percibía ningún rasgo negro. Se escucharon algunas bromas vulgares acerca del color de su piel y alguien ofreció doscientos dólares, pero el público opinó que “como primera oferta, la cifra no es suficiente por un muchacho negro tan capaz”. Varios comentaron que “no lo aceptaría ni regalado”. Otros dijeron que un negro blanco no valía los problemas que iba a ocasionar. Un hombre afirmó que estaba mal vender a gente blanca. Le pregunté si era peor que vender a gente negra. No respondió. Antes de ser vendido, la madre del joven salió apresuradamente de la casa al pórtico y, con un dolor frenético, gritó llorando: “Mi hijo. ¡Ay!, mi muchacho; van a llevarse a mi… ” Su voz se perdió, la empujaron con rudeza y cerraron la puerta detrás de ella. En ningún momento se interrumpió la venta y nadie entre los asistentes pareció sentirse afectado por la escena.
Temeroso de llorar frente a tantos extraños que no mostraban ningún signo de compasión o misericordia, el pobre muchacho se enjugó las lágrimas con las mangas. Se pagaron doscientos cincuenta dólares por él. Durante la subasta los gritos y lamentos provenientes de los barracones me partieron el corazón. Enseguida se llamó a una mujer por su nombre. Ella le dio a su hijo un último abrazo desesperado antes de dejarlo a cargo de una anciana y de manera mecánica se apresuró a obedecer el llamado; pero se detuvo, alzó los brazos, gritó y ya no se movió.
Uno de mis acompañantes me dio un golpecito en el hombro y me dijo: “Ven, vámonos; no aguanto más”. Nos fuimos. Nuestro cochero en Petersburg tenía dos hijos que pertenecían a la finca: hijos pequeños. Él obtuvo la promesa de que no los venderían. Le preguntamos si eran sus únicos hijos. Respondió: “Son los que me quedan de ocho.” A otros tres los vendieron al Sur y jamás volvió a verlos o a saber de ellos. ~
– Elwood Harvey

EL CASTIGO DE UNA ESCLAVA
Nueva Orleáns, hacia 1846

He pasado diez días en Nueva Orleáns –confío en que no de poco provecho–examinando instituciones públicas: escuelas, asilos, hospitales, prisiones, etcétera. Con excepción de las primeras, hay pocas esperanzas de mejora. Ignoro cuánto mérito pueda haber en un sistema como el suyo, pero sé que en la administración del código penal existen abominaciones que le merecen a la ciudad el mismo destino que Sodoma. Howard o la señora Fry no precisan si alguna vez hallaron una guarida de ladrones con un manejo tan funesto como el de la cárcel de Nueva Orleáns.
En el bloque de los negros vi muchas cosas que me hicieron sentir vergüenza de ser blanco y que, por un momento, despertaron un espíritu maligno en mi naturaleza animal. Al entrar a un gran patio con pavimento, rodeado de galerías repletas de esclavos de todas edades, cualquier sexo y color, escuché el ruido seco de un látigo. Cada uno de sus golpes tenía el agudo restallar de una pistola. Me volví y presencié algo que me heló la médula y que, por primera vez en mi vida, me dio la sensación de que el cabello se me erizaba desde la raíz.
Una muchacha negra estaba acostada boca abajo sobre una plancha de madera. Tenía los pulgares amarrados, sujetos a un extremo, y los pies atados y tensados con fuerza al otro. Una correa le pasaba por la parte inferior de la espalda, la aseguraba a la tabla y la comprimía contra ella. De la correa para abajo estaba completamente desnuda. Parado a un costado, y como a dos metros de distancia, había un negro gigantesco con un látigo enorme que aplicaba con un poder atroz y una precisión asombrosa. Cada golpe desgarraba una tira de piel que se quedaba pegada al látigo o bien caía al pavimento trepidando, mientras brotaba la sangre.
La pobre criatura se retorcía y daba alaridos de dolor. Con una voz que mostraba su miedo a la muerte y su espantosa agonía, le gritó a su amo –que estaba de pie, en la cabecera: “¡Ay, perdóneme la vida! ¡No me arranque el alma!” Pero aún así sintió el horrible azote. Una tira de piel tras otra se desprendió; latigazo tras latigazo laceró su carne viva hasta quedar convertida en una masa lívida y sangrienta de tembloroso músculo desgarrado. Me costó un trabajo enorme no saltarle encima al torturador para detener su látigo, pero, ¡ay de mí!, ¿qué podía yo sino hacerme a un lado para ocultar mis lágrimas por quien sufría y el bochorno que me causaba la humanidad?
Esto ocurrió en una prisión pública y organizada de manera habitual. La ley reconocía y autorizaba ese castigo. Pero pensarán que la desdichada cometió una ofensa terrible, se le declaró culpable y se le sentenció al látigo. No fue así. Su amo la llevó para que el verdugo la azotara –sin juicio, juez ni jurado–, sólo porque él así lo quiso, o ante una mera señal suya, para castigar alguna ofensa –real o imaginaria–, o para gratificar su capricho personal o su mala intención. Y si así lo dictaba su voluntad, podía llevarla todos los días, sin que a ella se le asignara un proceso, y someterla a la cantidad de azotes que él quisiera, hasta veinticinco, siempre y cuando pagara una cuota. Pero si así lo deseaba, podía tener su propia tabla de azotes y brutalizarla él mismo.
Como ya dije, una parte horrible de ese espantoso castigo era su carácter público. Ocurrió en un patio rodeado de galerías retacadas de negros de ambos sexos: esclavos fugitivos, consignados por algún crimen o que estaban en venta. Como es natural, uno supondría que se apiñaron al frente y miraron, horrorizados, el brutal espectáculo que se desarrollaba abajo. Pero no, la mayoría apenas se percató y casi todos mostraron indiferencia. Continuaron con sus infantiles pasatiempos y algunos se rieron con franqueza desde las regiones más distantes de las galerías. Así de profundo puede hundirse el hombre –creado a semejanza de Dios– en la brutalidad. ~  
– Samuel Gridley Howe
Traducción de Laura Emilia Pacheco


LA NUEVA GENERACIÓN DE ‘INDIGENTES’


LA NUEVA GENERACIÓN DE ‘INDIGENTES’
Katherín Suárez
Comunicación Social y Periodismo
Desplazamiento. Significa trasladarse de un punto a otro, pero en Colombia a causa de las condiciones políticas y sociales actuales significa: exilio, muerte y dolor. Los desplazados llevan una carga pesada y dura, impuesta por los gobiernos de turno, difícil de soportar. Es pues, el desplazamiento, abandonarlo todo: los sueños, las utopías, la familia, la lucha por el cambio social.

¿Cuál es la relación que existe entre pobreza y desplazamiento? La población desplazada es una población que es convertida en pobre gracias a la fuerza nefasta de las armas de las fuerzas militares-narco-paramilitares, con el fin de ‘secarle el agua al pez’ y de despojar a los campesinos e indígenas de sus tierras y apropiarse de ellas.

Los desplazados internos colombianos, representan el 9,3% de la población nacional, suelen ser residentes de áreas rurales que huyen de la violencia protagonizada por las guerrillas y las nuevas encarnaciones de los grupos paramilitares.

A ello se agrega que en 46% de los casos, las familias colombianas desplazadas solamente cuentan con la madre, debido a que el padre ha sido asesinado o está desaparecido.

“Se van o se mueren, una de las dos cosas, no es más”

Testimonios como este se escuchan a diario de boca de miles de colombianos que son victimas de la violencia en Colombia, un terrorismo que desde hace 33 años esta desangrando a nuestro país, que desde 1986 ha causado 20 mil muertes por problemas políticos. Una guerra sin fin que dejo 30 mil muertos en 1993 , que lleva 12 mil bajas en la última década y ahora tiene como principal consecuencia el desplazamiento.

Cansadas de vagar cual espectros por las calles y avenidas 1.044 familias instalaron a mediados de marzo de 2009 su campamento frente al Congreso de la República, en la plaza donde fue sacrificada el 14 de noviembre de 1817 la heroína de la emancipación, Policarpa Salavarrieta. 

En cada cambuche vivían entre seis y ocho personas hacinadas. Ahí durmieron a la intemperie bebés, niños, ancianos, mujeres y hombres.

Los desplazados representan ese país clandestino al que todos le dan la espalda. Son unos apestados que huelen a pobreza y al igual que un indigente muchas veces causan temor.

¿Adónde ir? Es la pregunta que los 4,3 millones de desplazados por la violencia Colombiana se hacen cuando grupos al margen de la ley llegan a desterrarlos de sus hogares, quizás a meterse debajo de un puente o a compartir la madriguera con las ratas y alimañas o mejor aun irse a vivir o convertirse en uno de los miles de indigentes que cada día son mas en Bogotá.

Los desarrapados como muchos les llaman tuvieron que soportar durante casi tres meses como si fueran indigentes el frío nocturno, el inclemente rayo del Sol y los torrenciales aguaceros en cambuches, armados con unos plásticos negros, además de verse en la necesidad de acoplarse a las colchonetas descompuestas y los improvisados fogones mientras que exigían atención del Gobierno como si fuera poco con lo que estaban viviendo, muchas veces se vieron el necesidad de mendigar extendiendo sus manos pidiendo una limosna, sin importarles que estuvieran, sucias, llenas de picaduras de pulgas, que a los ojos de una persona que no ha tenido que pasar por ningún tipo de carestía producían asco, lo único que querían era que alguien se apiadara de su situación y les brindara una ayuda, pero desafortunadamente muy pocos llegaron a conmoverse con su situación, la mayoría de las veces recibieron a cambio una mueca de desprecio, de asco e indiferencia total. 

Un claro ejemplo de la situación por la que han tenido que pasar tantas personas que han sufrido el desplazamiento como consecuencia de la violencia Colombiana es la historia de Alfredo, un santandereano de aproximadamente 36 años quien tuvo que salir huyendo junto con su esposa y 5 hijos de su hogar situado en el Barrio Girardot en Bucaramanga, la Ciudad de los parques.

Todo gracias a las amenazas que recibió por parte de las Águilas Negras un grupo armado ilegal, que suplanto la identidad de este para solicitar un préstamo en el Banco Bancafe por 56 millones de pesos y al descubrir que él se había percatado de los hechos y había demandado esta situación ante la fiscalía, llegaron una mañana amenazándolo y afirmando que “muerto el, muerta la deuda”, lo que lo llevo a salir con lo que tenia puesto y en compañía de su familia.

Huyo dejando todas sus pertenencias, pero con la ilusión que al llegar a Bogotá podría recuperar su negocio, su moto pero sobretodo su casita y lo poco o mucho que con el fruto de su esfuerzo había logrado conseguir como vendedor ambulante.

Pero para desgracia de este bumangués fue una total odisea lograr llegar a la Capital Colombiana tuvo que caminar cientos de kilómetros hasta que un conductor de una buseta afiliada a la empresa de Transportes Reina se apiado de el y de su familia y los trajo en ese entonces a todos por $20.000 pesos. 

Al llegar a Bogotá, lo hizo con la ilusión de que su vida cambiaria y que recibiría ayuda por parte del gobierno, pero desafortunadamente no fue así, al llegar, no niega que si lo ‘apoyaron’ dándole posada a él y a su familia en la casa del inmigrante por 15 días, después como si se tratase de unos perros, los sacaron a la calle a pasar penas, hambre pero sobre todo miles de necesidades.

Como pudo intento conseguir una pieza donde poder pasar las noches junto a sus 5 hijos e esposa, pagaba $6000 pesos diarios, como no tenia dinero ni ayuda económica por parte de nadie, ya que el no tiene familia y la de su esposa se encuentra muy lejos, después de tenerlo todo llego, se vio en la necesidad de mendigar e intentar sacar a su familia ‘adelante’ gracias a la caridad de los Colombianos que mucho o poco se apiadaban de su historia.

Las noches en esa pieza ubicada en el Barrio Santa Fe no fueron nada cómodas para este Santandereano, ya que las pulgas lo cogieron y en menos de una semana lo mandaron para un hospital dejándolo 15 días recluido y con huellas imborrables en su piel, cuenta que fue terrible, le picaron todo el cuerpo, y lo peor fue que el estando en el hospital no podía enviarle el sustento diario que con mucho esfuerzo lograba conseguir en las calles bogotanas diariamente, así que se vio en la necesidad de empezar a pedir ayuda a la gente que transitaba diariamente por el centro médico, “gracias a Diosito pude reunir durante esos días la plática, la gente se conmovió conmigo, con mi situación, pero sobre todo con mi historia”.

Después de su recuperación lo primero que salió a hacer fue a reubicar a su familia, logro conseguirse una habitación en el Barrio Policarpa Salavarrieta, allí paga $10000 pesos diarios pero afirma que están mil veces mejor y que lo bueno de la ubicación de este apartamento fue que pudo poder a estudiar a sus 4 hijos mayores en un colegio Distrital en el que no tuvo que pagar nada, por la condición en la que se encontraban, con la ayuda de las directivas, logro conseguirles el uniforme de diario mientras que el uniforme de educación física no lo ha logrado conseguir por lo que sus pequeños no han podido recibir esta materia.

Por esto y por muchas razones es que se vio en la necesidad de trasladarse a la Plaza de Bolívar, estuvo allí pidiendo al gobierno que lo ayudara y le brindara las ayudas necesarias para poder salir adelante con su familia, en ese momento no le importo, aguantar frio, hambre y todas las necesidades que se presentaron durante su ’estadía’ en este ‘hotel’. 

Finalmente, llegaron a un ‘acuerdo’ con el gobierno y desalojaron ‘voluntariamente’ la Plaza de Bolívar, hoy prácticamente un año después no he vuelto a saber nada de Alfredo y de su familia, no logre estar al tanto de el desenlace final de esta historia, tal vez este en Girón, atendiendo su tienda, o este parado en un semáforo de los tantos que existen en la Capital colombiana, junto con su esposa e hijos y esposa, con un cartel en sus manos pidiendo colaboración y recibiendo en la gran mayoría de los casos insultos y frases como ¿Usted tan joven que es porque no busca trabajo? mantenido. Suena cruel pero así lo es. Igual desde el fondo de mi corazón, solo espero que donde quiera que este, se encuentre bien, que no esté recibiendo insultos por parte de nadie pero sobre todo, que este capítulo en su vida y en la de su familia ya se esté cerrando.

LA MEDALLA OLÍMPICA


LA MEDALLA OLÍMPICA

Por: Andrés Cristancho
Comunicación Social y Periodismo

Tomado de usergioarboleda.edu.co/altus/cronicas.htm.

Siempre he asociado un hecho a una cadena de sucesos que le precedieron y que sin ellos, la historia no tendría el mismo final. Estudio en una de las mejores universidades de Bogotá y me destaco entre mis compañeros; pero esto no se dio sin causa alguna, sin embargo, sí se dio de la noche a la mañana.

Cada fin de semana, viajábamos con unos compañeros hasta un colegio, vecino al Portal de la Américas de Transmilenio. Éramos un grupo pequeño, pues la gran mayoría decidió tomar el curso del pre-icfes en algún punto de la calle 80. 

Este transcurrió entre la pereza de estudiar los fines de semana y la desesperación que nos producía la ignorancia de algunos alumnos de otros colegios. Sólo admiramos la calidad educativa de nuestro colegio, la cual siempre habíamos comparado despectivamente. 

Llegó el momento crucial del pre-icfes, el examen. Yo había llegado sin mayor preocupación. Con mi lápiz y borrador me senté en mi pupitre mientras observaba las miradas nerviosas de mis compañeras.

Como si fuéramos a corregirlo antes de que lo calificaran. Intentábamos recordar las respuestas, sufríamos por cada una que no acertábamos.

La sorpresa vino días después cuando se publicaron las notas. Todos esperaban una victoria aplastante por parte mía. En cambio, el triunfo abrumador fue por parte de ellos. 

El colegio decidió darnos 7 días de descanso antes del examen definitivo, esta vez no sería ningún simulacro. No podía darme el lujo de dejar pasar muchos por mi nombre. Así que me dedique toda esa semana a resolver los exámenes de los años anteriores y comparaba mis respuestas con los posibles resultados del examen real.

Ese 24 De Septiembre llegó el indeseado pero tan anhelado día. Me levante con los nervios normales y con la tan “extraña” oración que realizamos todos los colegiados. Una plegaría que contiene más ruegos que ni El Señor de Buga puede digerir tan rápido. 

El sitio donde iba a presentar la prueba era el mismo en el cual mi papá se había graduado de bachiller. Él fue parte de la generación que pinto el mural que hace famoso al Colegio Nacional Restrepo Millán. Cuando llegamos, el sitio estaba tan asediado de gente. No sé aún cuantas personas presentaron el examen ese día y cuántas personas acompañarían a cada uno de ellos. 

Coincidencialmente a la gran mayoría del curso, incluso a los que se habían preparado en la calle 80, debíamos presentarnos en el mismo colegio y en el mismo salón.

Entrábamos al aula con mucho nerviosismo, pero conscientes de que nos habíamos preparado. Por más que escuchábamos y veíamos a los demás, nos sentíamos en la absoluta soledad.

Pasaron los nervios y cada uno de nosotros hizo lo que le correspondía. Al final del día querían ir a celebrar. Yo no tenía motivos para celebrar, quería ir a mi casa y descansar. Mi fiesta vendría no mucho tiempo después.

Esa Fue La Noche de la Victoria

Era la noche anterior al cumpleaños de mi papá y la fecha de publicación de los resultados del famoso examen. En ese entonces no teníamos el lujo de tener Internet en la casa; dependíamos de Julieth Milena, la única que lo poseía, para conocer nuestras calificaciones.

Las notas se iban dando a conocer, formándose la tabla de posiciones de todo el curso. Por cosas del destino, fui la penúltima persona en ingresar al ranking.

La lista se fue armando con las calificaciones de cada uno en el ICFES; puesto 30 – se escuchaba por ahí -, puesto 22 – aplaudían por allá - se igualaba el record del colegio. El conteo continuaba.

De pronto Julieth - ! Cristancho, 5 puesto, 5 puesto, Cristancho no lo puedo creer ¡- decía con euforia. Sonaba como si me hubiese ganado la lotería o un viaje alrededor del mundo, solo se escuchaban gritos al otro lado del teléfono. De inmediato una alegría que explotaba en mi interior excavó en cada uno de los nervios y los hizo sentir como nunca antes se habían llegado a imaginar. Aunque fueran la una de la mañana, mi grito se hizo escuchar por toda la cuadra.

Si Tan Solo Le Hubiese Apostado Al Baloto.

- ¿Qué puesto piensas alcanzar?- me preguntaba Yuli. - no me pienso bajar del quinto puesto- le respondí con la tranquilidad de quien sabe lo que hace. Ella lo recordaría en un programa radial en el que participaba.

Quedaba la última persona, alguien capaz de romper mi marca. Solo quedaba esperar el veredicto. El campeonato llega a su final y es hora de destapar las cartas. 
La cara de angustia y desesperación no me dejan estar quieto. Un grito se reprime en el estomago, los brazos se tensan y las piernas se rizan.

El teléfono suena como si hubiesen disparado entre mis orejas. A otro lado estaba Julieth, la chica me había dejado en suspenso; sus palabras con un tono eufórico y una risa nerviosa exclamaron con un grito gigante - ¡Cristancho lo logró, Cristancho lo logró, Cristancho lo logró! - 

Ese fue el estallido más grande de emoción que pude haber sentido y vivido en mi corta vida. Desde ese entonces se vislumbro un mundo de caminos, como si fuese el dedo del rey Midas, todo lo que tocaba se convertía en oro. Lo celebre con toda mi familia, llame a cuanta persona pude; era un record en la familia, colegio y en mi historia.

La Copa Es Para Los Campeones

Ese día al llegar al colegio, recibí más aplausos y abrazos que en todos mis cumpleaños. Fue como si arribará el jugador estrella, el que llevó al equipo a ser el gran campeón. Hubo barras, canciones, comida, abrazos, cual festival. Escribí la historia, mi historia. Eso era lo que me había propuesto este año, no solamente ese día.

Ese año gané las elecciones presidenciales del consejo estudiantil, me ennovie con la chica que tanto había deseado, con el equipo de futbol llegamos a octavos de final en el torneo inter-colegiados de Bogotá, me admitieron en la universidad que quería; pero no se comparan con aquel momento de gloria y felicidad. De haber sido un atleta esto hubiera sido una medalla olímpica. 


lunes, 30 de mayo de 2011

EL AZAROSO OLVIDO DE LA CONDICION HUMANA


EL AZAROSO OLVIDO DE LA CONDICIÓN HUMANA

POR LEÓN VALENCIA

Fuente El Tiempo



Me negué siempre a creer que en los momentos más agudos la guerra pierde toda apariencia política y se extravía en los meandros de las vendettas personales, de las traiciones ominosas, del azaroso olvido de la condición humana, de la negación inmisericorde de la ética. Que el horror se muestra sin vergüenza alguna. Que aparece el interés morboso de que las cosas más horrendas se conozcan. Pero en estos días me he rendido a la evidencia.

Sentí que estábamos en esa triste estación de nuestro conflicto mientras hablaba con Nicolás Rodríguez Bautista, comandante general del Eln, en noviembre pasado, en una entrevista en Caracas. Decía con apremio que sus fuerzas y las del Gobierno estaban peleando palmo a palmo en múltiples regiones del país con una saña que nunca se había visto.

 Él, que ha estado 44 de sus 57 años de vida en la guerra y le ha visto la cara a la muerte mil veces, decía que no hay campo para la piedad, que los umbrales del respeto a la especie se han derrumbado.

 Lo he visto con estupor en las pruebas de supervivencia de los secuestrados que han estado enviando las Farc en estos meses. No hay el menor recato para mostrar a estos seres macilentos y tristes, lacerados en sus cuerpos y vejados en su espíritu, con el pálpito infamante de que están más cerca del hielo de la muerte que de la gracia de la liberación.

 Lo vi de nuevo en estos días cuando 'Raúl Reyes' fue dado de baja en un campamento, en el lado ecuatoriano, y los militares colombianos lo trajeron al país para mostrarlo con sus vísceras reventadas y el torrente de sangre cubriendo su cuerpo destrozado. Lo mantuvieron varios días en Medicina Legal y luego lo enterraron sigilosamente fuera del alcance de la madre de sus hijos, que había venido desde lejos a reclamar su cadáver.

 O cuando 'Rojas', el guerrillero de las Farc, se apareció con una mano cercenada de su compañero de armas, Iván Ríos, ante la fuerza pública, para reclamar la recompensa por haberlo asesinado a traición, quizás mientras estaba durmiendo con su pareja, en una oscura montaña.



Las guerrillas sienten la urgencia de llamar la atención del mundo confirmando que no se van a detener ante nada. Que han pasado por encima de la distinción entre militares y civiles y atacarán por igual a políticos y a combatientes. Que el cuerpo de personas inermes es el principal lugar de la guerra demencial.

 Las fuerzas del Estado saltan las fronteras y vulneran la soberanía de un país vecino para llevar a la muerte a uno de los principales jefes guerrilleros sin reparar en los acompañantes civiles. Luego, acometen con diligencia la tarea de armar un expediente contra el presidente del territorio hermano para tratar de atenuar los airados reclamos de los ofendidos.

 Anuncian también que pagarán a 'Rojas' la recompensa de cinco mil millones de pesos por el asesinato de Ríos reconociendo en la acción macabra del guerrillero una actuación legítima a favor del Estado.

 Todo esto es, desde luego, un terrible juego político. Con los rehenes subyugados en su profunda humanidad, las Farc logran capturar la agenda exterior colombiana y obligan a un diálogo al mundo entero.

 Con la exhibición del cadáver de 'Reyes' y la "mano cercenada" de 'Ríos', el Estado reclama una victoria y anuncia que está a un paso de la derrota total de las Farc. Con el pago de la recompensa aseguran que la traición en las filas enemigas continuará.

 La perversidad absoluta, el olvido de la condición humana, parece despojar a estas acciones de su naturaleza política, pero en realidad los hechos son brutalmente políticos. Unos y otros han entrado en la fase más siniestra del conflicto. Y lo más grave: la sevicia no se detendrá hasta que la guerra termine, porque cada acto brutal de un contendiente es una autorización para que el otro proceda de la misma manera.


EL PÁJARO VERDE


EL PÁJARO VERDE



JUAN EMAR-DIEZ



Así deberíamos llamar este triste relato. Recurriremos a su origen, si es que hay algo en esta vida que tenga origen.

Pero, ¡en fin!, es el caso que allá por el año de 1847, un grupo de sabios franceses llegaba en la goleta La Gosse a la desembocadura del Amazonas. Iba con el propósito de estudiar la flora y fauna de aquellas regiones para, a su regreso, presentar una larga y acabada memoria al "Institut des Hautes Sciences Tropicales" de Montpellier.

A fines de dicho año, fondeaba La Gosse en Manaos, y los treinta y seis sabios -tal era su número-, en seis piraguas de seis sabios cada una, se internaban río adentro.

A mediados de 1848 se les señala en el pueblo de Teffe, y a principios de 1849, entrando en excursión al Juruá. Cinco meses más tarde han regresado a ese pueblo acarreando dos piraguas más, cargadas de curiosos ejemplares zoológicos y botánicos. Acto conti­nuo siguen internándose por el Marañón, y el 1° de enero de 1850 se detienen y hacen carpas en la aldea de Tabatinga a orillas del río mencionado.

De estos treinta y seis sabios, a mí, personalmente, sólo me interesa uno, lo que no quiere decir, ni por un instante, que desconozca los méritos y las sabidurías de los treinta y cinco restantes. Este uno es Monsieur le Docteur Guy de la Crotale, de 52 años de edad en aquel entonces, regordete, bajo, gran barba colorina, ojos bonachones y hablar cadencioso.

Del doctor de la Crotale ignoro totalmente sus méritos (lo que, por cierto, no es negarlos) y de su sabiduría no tengo ni la menor noción (lo cual tampoco es negarla). En cuanto a la participación que le cupo en la famosa memoria presentada en 1857 al Institut de Montpellier, la desconozco en su integridad, y en lo que se refiere a sus labores durante los largos años que los dichos sabios pasaron en las selvas tropicales, no tengo de ellas ni la más remota idea. Todo lo cual no quita que el doctor Guy de la Crotale me interese en alto grado. He aquí las razones para ello:

Monsieur le Docteur Guy de la Crotale era un hombre extremadamente sentimental y sus sentimientos estaban ubicados, ante todo, en los diversos pajaritos que pueblan los cielos. De entre todos estos pajaritos, Monsieur le Docteur sentía una marcada preferencia por los loros, de modo que ya instalados todos ellos en Tabatinga, obtuvo de sus colegas el permiso de conseguirse un ejemplar, cuidar­lo, alimentarlo y aun llevarlo consigo a su país. Una noche, mientras todos los loros de la región dormían acurrucados, como es su costum­bre, en las copas de frondosos sicomoros, el doctor dejó su tienda y, marchando por entre los troncos de abedules, caobillas, dipterocár­peos y cinamomos; pisando bajo sus botas la culantrillo, la damiana y el peyote; enredándose a menudo en los tallos del cinclidoto y de la vincapervinca; y heridas las narices por el olor del fruto del manga­chapuy y los oídos por el crujir de la madera del espino cerval; una noche de vaga claridad, el doctor llegó a la base y trepó sigilosamente al más alto de todos los sicomoros, alargó presto una mano y se amparó de un loro.

El pájaro así atrapado era totalmente verde salvo bajo el pico donde se ornaba con dos rayas de plumillas negro-azuladas. Su tamaño era mediano, unos 18 centímetros de la cabeza al nacimiento de la cola, y de ésta tendría unos 20 centímetros, no más. Como este loro es el centro de cuanto voy a contar, daré sobre su vida y muerte algunos datos. Aquí van:

Nació el 5 de mayo de 1821, es decir que en el momento preciso en que rompía su huevo y entraba a la vida, lejos, muy lejos, allá en la abandonada isla de Santa Elena, fallecía el más grande de todos los emperadores, Napoleón 1.

De la Crotale lo llevó a Francia y desde 1857 a 1872 vivió en Montpellier cuidadosamente servido por su amo. Mas en este año el buen doctor murió. Pasó entonces el loro a ser propiedad de una sobrina suya, Mademoiselle Marguerite de la Crotale, quien dos años más tarde, en 1874, contrajo matrimonio con el capitán Henri Silure-Portune de Rascasse. Este matrimonio fue infecundo durante cuatro años, pero el año quinto se vio bendecido con el nacimiento de Henri-Guy-Hégésippe-Désiré-Gaston. Este muchacho, desde su más tierna edad, mostró inclinaciones artísticas -acaso transmisión del fino sentimentalismo del viejo doctor- y de entre todas las artes prefirió, sin disputa, la pintura. Así es cómo, una vez llegado a París a la edad de 17 años -por haber sido su padre comandado a la guarnición de la capital- Henrl-Guy entró a la Ecole des Beaux­-Arts. Después de recibido de pintor, se dedicó casi exclusivamente a los retratos, mas luego, sintiendo en forma aguda la influencia de Chardin, meditó grandes naturalezas muertas con algunos animales vivos. Pasó por sus pinceles el gato de casa entre diversos comestibles y útiles de cocina, pasó el perro, pasaron las gallinas y el canario, y el 1° de agosto de 1906 Henri-Guy se sentaba frente a una gran tela teniendo como modelo, sobre una mesa de caoba, dos maceteros con variadas flores, una cajuela de laca, un violín y nuestro loro. Mas las emanaciones de la pintura y la inmovilidad de la pose, empezaron pronto a debilitar la salud del pajarito, y así es como el 16 de ese mes lanzó un suspiro y falleció en el mismo instante en que el más espantoso de los terremotos azotaba a la ciudad de Valparaíso y castigaba duramente a la ciudad de Santiago de Chile donde hoy, 12 de junio de 1934, escribo yo en el silencio de mi biblioteca.

El noble loro de Tabatinga, cazado por el sabio profesor Monsieur le Docteur Guy de la Crotale y muerto en el altar de las artes frente al pintor Henri-Guy Silure-Portune de Rascasse, había vivido 85 años, 3 meses y 11 días.

Que en paz descanse.

Mas no descansó en paz. Henri-Guy, tiernamente, lo hizo embalsamar.

Siguió el loro embalsamado y montado sobre fino pedestal de ébano hasta fines de 1915, fecha en que se supo que en las trincheras moría heroicamente el pintor. Su madre, viuda desde hacía siete años, pensó en viajar hacia el Nuevo Mundo y, antes de embarcarse, envió a remate gran número de sus muebles y objetos. Entre éstos iba el loro de Tabatinga.

Fue adquirido por el viejo père Serpentaire que tenía en el número 3 de la rue Chaptal una tienda de baratijas, de antigüedades de poco valor y de bichos embalsamados. Allí pasó el loro hasta 1924 sin hallar ni un solo interesado por su persona. Pero dicho año la cosa hubo de cambiar, y he aquí de qué modo y por qué circunstancias:

En abril de ese año llegaba yo a París y, con varios amigos compatriotas, nos dedicamos, noche a noche, a la más descomunal y alegre juerga. Nuestro barrio predilecto era el bajo Montmartre. No había dancing o cabaré de la rue Fontaine, de la rue Pigalle, del boulevard Clichy o de la place Blanche, que no nos tuviera como sus más fervorosos clientes, y el preferido por nosotros era, sin duda, el Palermo de la ya mencionada rue Fontaine, donde, entre dos músicas de negros, una orquesta argentina tocaba tangos arrastrados como turrones.

Al sonar los bandoneones perdíamos la cabeza, entraba el cham­paña por nuestros gaznates y ya cuando la primera voz -un barítono latigudo- rompía con el canto, nuestro entusiasmo rayaba en la locura.

De entre todos aquellos tangos, yo tenía uno de mi completa predilección. Acaso la primera vez que lo oí -mejor sería decir "lo noté"; y aun me parece, lo aislé pasaba por mí algún sentimiento nuevo, nacía en mi interior un elemento psíquico más que, al romper y explayarse dentro como el loro rompiendo su huevo y explayán­dose por entre los gigantes sicomoros- encontró como materia en donde envolverse, fortificarse y durar, las notas largas de ese tango. Una coincidencia, una simultaneidad, sin duda alguna. Y aunque el tal elemento psíquico nuevo nunca abrió luz en mi conciencia, era el caso que al prorrumpir aquellos acordes yo sabía con todo mi ser entero, de los cabellos a los pies, que ellos -los acordes- estaban llenos de significados vivos para mí. Entonces bailaba apretándola, a la que fuese, con voluptuosidad y ternura y sentía una vaga compa­sión por todo lo que no fuese yo mismo envuelto, enredado con una ella y con mi tango.

Cantaba el barítono latigudo del Palermo:

Yo he visto un pájaro verde

Bañarse en agua de rosas

Y en un vaso cristalino

Un clavel que se deshoja.

"Yo he visto un pájaro verde...". Esta fue la frase -en un comienzo tarareada, luego únicamente hablada- que expresó todo lo sentido. La usaba yo para toda cosa y para toda cosa sentía que calzaba con admirable justeza. Luego, por simpatía, los amigos la adaptaron para vaciar dentro de ella cuanto les vagara alrededor sin franca nitidez. Y como además dicha frase encerraba una especie de santo y seña en nuestras complicidades -nocturnas, tendió sobre nosotros un hilo flexible de entendimiento con cabida para cualquier posibilidad.

Así, si alguno tenía una gran noticia que dar, un éxito, una conquista, un triunfo, frotábase las manos y exclamaba con rostro radiante:

-¡Yo he visto un pájaro verde!

Y si luego una preocupación, un desagrado se cernía sobre él, con voz baja, con ojos cavilosos, gachas las comisuras de sus labios, decía:

-Yo he visto un pájaro verde...

Y así para todo. En realidad no había necesidad para entendernos, para expresar cuanto quisiéramos, para hundirnos en nuestros más sutiles pliegues del alma, no había necesidad, digo, de recurrir a ninguna otra frase. Y la vida, al ser expresada de este modo, con este acortamiento y con tanta comprensión, tomaba para nosotros un cierto cariz peculiar y nos formaba una segunda vida paralela a la otra, vida que a ésta a veces la explicaba, a veces la embrollaba, a menudo la caricaturizaba con tal es especial agudeza que ni aun nosotros mismos llegábamos a penetrar bien a fondo en dónde y por dónde aquello se producía.

Luego, con bastante frecuencia, sobre todo hallándome ya solo en casa de vuelta de nuestras farras, era súbitamente víctima de una carcajada incontenible con sólo decirme para mis adentros:

-Yo he visto un pájaro verde.

Y si entonces miraba, por ejemplo, mi cama, mi sombrero o por la ventana los techos de París para de ahí pasar a la punta de mis zapatos, esa carcajada, junto con aumentar su cosquilleo interno, volvía a echar sobre todos mis semejantes una nueva gota de compa­sión y hasta desprecio, al pensar cuán infelices son todos aquellos que no han podido, siquiera un vez, reducir sus existencias todas a una sola frase que todo lo apriete, condense y, además, fructifique.

En verdad, yo he visto un pájaro verde.

Y en verdad, ahora mismo me río un poco y recuerdo y compren­do por qué la humanidad puede ser compadecida.

Una tarde de octubre fui de excursión a Montparnasse. Visitando sus diferentes bares por la tarde y sus boites por la noche, y después de suculenta comida, regresé a casa con la cabeza mareada, con el estómago repleto y con hígado y riñones trabajando enérgicamente.

Al día siguiente, cuando a las siete de la tarde telefonearon los amigos para juntarnos e ir de farra, mi enfermera les respondió que me sería totalmente imposible hacerles compañía aquella noche.

Recorrieron ellos todos nuestros sitios favoritos, y entre champa­ña, bailes y cenas, les sorprendió el amanecer y luego una magnífica mañana otoñal.

Cogidos del brazo, entonando los aires oídos, sobre los ojos u orejas los sombreros, bajaban por la rue Blanche y torcían por la rue Chaptal en demanda de la rue Notre Dame de Lorette donde dos de ellos vivían. Al pasar frente al número 3 de la segunda de las calles citadas, el pére Serpentaire abría su tiendecilla y aparecía en el escaparate, ante las miradas atónitas de mis amigos, tieso sobre su largo pedestal de ébano, el pájaro verde de Tabatinga.

Uno gritó:

-¡Hombres! ¡El pájaro verde!

Y los otros, más que extrañados, temerosos de que aquello fuese una visión alcohólica o una materialización de sus continuos pensa­mientos, repitieron en voz queda:

-Oh... El pájaro verde...

Un segundo después, recobrada la normalidad, se precipitaban cual un solo hombre a la tienda y pedían la inmediata entrega del ave. Pidió el pére Serpentaire once francos por la pieza y los buenos amigos, emocionados hasta las lágrimas con el hallazgo, doblaron el precio y depositaron en manos del viejo abismado, la suma de veintidós francos.

Entonces les vino el recuerdo del compañero ausente y, con un mismo paso, se dirigieron a casa. Treparon las escaleras con escánda­lo de los conserjes, llamaron a mi puerta y me hicieron entrega de la reliquia.Todos a una voz cantamos entonces:

Yo he visto un pájaro verde

Bañarse en agua de rosas

Y en un vaso cristalino

Un clavel que se deshoja.

El loro de Tabatinga tomó sitio sobre mi mesa de trabajo y allí, su mirada de vidrio posada sobre el retrato de Baudelaire en el muro de enfrente, allí me acompañó los cuatro años más que permanecí en París.

A fines de 1928 regresé a Chile. Bien embalado en mi maleta, el pájaro verde volvió a cruzar el Atlántico, pasó por Buenos Aires y las pampas, trepó la cordillera, cayó conmigo al otro lado, llegó a la estación Mapocho y el 7 de enero de 1929 sus ojos de vidrio, acostumbrados a la imagen del poeta, contemplaron curiosos el patio bajo y polvoriento de mi casa y luego, en mi escritorio, un busto de nuestro héroe Arturo Prat.

Pasó todo aquel año en paz. Pasó el siguiente en igual forma y apareció, tras un cañonazo nocturno, el año de gracia de 1931.

Y aquí comienza una nueva historia.

El mismo 1° de enero de aquel año -es decir (acaso dato superfluo pero, en fin, viene a mi pluma) 84 años después de la llegada del doctor Guy de la Crotale a Tabatinga- llegaba a Santiago, procedente de las salitreras de Antofagasta, mi tío José Pedro y me pedía, en vista de que había en casa una pieza para alojados, que en ella le diese hospitalidad.

Mi tío José Pedro era un hombre docto, bruñido por trabajos imaginarios y que consideraba como su más sagrado deber dar, en larguísimas pláticas, consejos a la juventud, sobre todo si en ella militaba alguno de sus sobrinos. La ocasión en mi casa le pareció preciosa pues ya -ignoro por qué vías- mi existencia de continua juerga en París había llegado a sus oídos. Todos los días durante los almuerzos, todas las noches después de las comidas, mi tío me hablaba con voz lenta sobre los horrores del París nocturno y me sermoneaba por haber vivido yo tantos años en él y no en el París de la Sorbona y alrededores.

La noche del 9 de febrero, sorbiendo nuestras tazas de café en mi escritorio, mi tío me preguntó de pronto, alargando su índice tembloroso hacia el pájaro verde:

-¿Y ese loro?

En breves palabras le conté cómo había llegado a mis manos después de una noche de diversiones y bullicio de mis mejores amigos y a la que no había podido asistir por haber ingerido el día antes enormes cantidades de comida y de alcoholes varios. Mi tío José Pedro clavóme entonces una mirada austera y luego, posándola sobre el ave, exclamó:

-¡Infame bicho!

Esto fue todo.

Esto fue el desatar, el cataclismo, la catástrofe. Esto fue el fin de su destino y el comienzo del total cambio del mío. Esto -alcancé a observarlo con la velocidad del rayo en mi reloj mural- aconteció a los 10 y 2 minutos y 48 segundos de aquel fatal 9 de febrero de 1931.

-¡Infame bicho!

Exactamente con perderse el último eco de la "o" final, el loro abrió sus alas, las agitó con vertiginosa rapidez y, tomando los aires con su pedestal de ébano siempre adherido a las patas, cruzó la habitación y, como un proyectil cayó sobre el cráneo del pobre tío José Pedro.

Al tocarlo -recuerdo perfectamente el pedestal osciló como un péndulo y vino a golpear con su base -que debe haber estado bastante sucia- la gran corbata blanca de mi tío, dejando en ella una mancha terrosa. Junto con ello, el loro clavaba en su calva un violento picotazo. Crujió el frontal, cedió, se abrió y de la abertura, tal cual sale, crece, se infla y derrama la lava de un volcán, salió, creció, se infló y derramó gruesa masa gris de su cerebro y varios hilillos de sangre resbalaron por la frente y por la sien izquierda. Entonces el silencio que se había producido al empezar el ave el vuelo, fue llenado por el más horrible grito de espanto, dejándome paralizado, helado, petrificado, pues nunca habría podido imaginar que un hombre lograse gritar en tal forma y menos el buen tío de hablar lento y cadencioso.

Mas un instante después recobraba de golpe, como una llamara­da, mi calor y mi conciencia, cogía de un viejo mortero su mano de cobre y me lanzaba hacia ellos dispuesto a deshacer de un mazazo al vil pajarraco.

Tres saltos y alzo el arma para dejarla caer sobre el bicho en el momento en que se disponía a clavar un segundo picotazo. Pero al verme se detuvo, volvió los ojos hacia mí y con un ligero movimiento de cabeza, me preguntó presuroso:

-¿El señor Juan Emar, si me hace el favor?

Y yo, naturalmente, respondí:

- Servidor de usted.

Entonces, ante esta repentina paralización mía, asestó un segun­do picotazo. Un nuevo agujero en el cráneo, nueva materia gris, nuevos hilos de sangre y nuevo grito de horror, pero ya más ahogado, más debilitado.

Vuelvo a recobrar mi sangre fría y, con ella, la clara noción de mi deber. Alzase mi brazo y el arma. Pero el loro vuelve a fijarme y vuelve a hablar:

-¿El señor Juan Em... ?

Y yo, con tal de terminar pronto:

- Servidor de ust...

Tercer picotazo. Mi viejo perdió un ojo. Como quien usa una cucharilla especial, el loro con su pico se lo vació y luego lo escupió a mis pies.

El ojo de mi viejo era de una redondez perfecta salvo en el punto opuesto a la pupila donde crecía una como pequeña colita que me recordó inmediatamente los ágiles guarisapos que pueblan los panta­nos. De esta colita salía un hilo escarlata delgadísimo que, desde el suelo, iba a internarse en la cavidad vacía del ojo y que, con los desesperados movimientos del anciano, se alargaba, se acortaba, temblaba, mas no se rompía ni tampoco movía al ojo quedado como adherido al suelo. Este ojo era, repito -hechas las salvedades que anoto- perfectamente esférico. Era blanco, blanco cual una bolita de marfil. Yo siempre había imaginado que los ojos, atrás -y sobre todo de los ancianos-, eran ligeramente tostados. Mas no: blanco, blanco cual una bolita de marfil.

Sobre este blanco, con gracia, con sutileza, corrían finísimas venas de laca que, entremezclándose con otras más finas aún de cobalto, formaban una maravillosa filigrana, tan maravillosa, que parecía moverse, resbalar sobre el húmedo blanco y, a veces, hasta desprenderse para ir luego por los aires como una telaraña iluminada que volase.

Pero no. Nada se movía. Era una ilusión nacida del deseo -harto legítimo por lo demás- de que tanta belleza y gracia aumentase, siguiese, llegase a la vida propia y se elevase para recrear la vista con sus formas multiplicadas, el alma con su realización asombrosa.

Un tercer grito me volvió al camino de mi deber. ¿Grito? No tanto. Un quejido ronco; eso es, un quejido ronco pero suficiente, como he dicho, para volverme al camino de mi deber.

Un salto y silba en mi mano la mano del rnortero. El loro se vuelve, me mira:

-¿El señor Ju... ?

Y yo presuroso:

-Servidor de u...

Un instante. Detención. Cuarto picotazo.

Este cayó en lo alto de la nariz y se terminó en su base. Es decir, la rebanó en su totalidad.

Mi tío, después de esto, quedó hecho un espectáculo pasmoso. Bullía en lo alto de su cabeza, en dos cráteres, la lava de sus pensamientos; vibraba el hilito escarlata desde la cuenca de su ojo; y en el triángulo dejado en medio de la cara por la desaparición de la nariz, aparecía y desaparecía, se inflaba y se chupaba, a impulsos de su respiración agitada, una masa de sangre espesa.

Aquí ya no hubo grito ni quejido. Únicamente su otro ojo, por entre los párpados caídos, pudo lanzarme una mirada de súplica. La sentí clavarse en mi corazón y afluir entonces a éste toda la ternura y todos los recuerdos perdidos hasta la infancia, que me ataban a mi tío. Ante tales sentimientos, no vacilé más y me lancé frenético y ciego. Mientras mi brazo caía, llegó a mis oídos un susurro:

-¿El señ... ?

Y oí que mis labios respondían:

- Servid...

Quinto picotazo. Le arrancó el mentón. Rodó el mentón por su pecho y, al pasar por su gran corbata blanca, limpió de ella el polvo dejado por el pedestal y lo reemplazó un diente amarilloso que allí se desprendió y sujetó, y que brilló como un topacio. Acto continuo, allá arriba, cesó el bullir, por el triángulo de la nariz disminuyó el ir y venir de los borbotones espesos, el hilo del ojo se rompió, y el mentón, al dar contra el suelo, sonó como un tambor. Entonces sus dos manos flacas cayeron lacias de ambos lados y de sus uñas agudas, dirigidas inertes hacia la tierra, se desprendieron diez lágrimas de sudor.

Sonó un silbido bajo. Un estertor. Silencio.

Mi tío José Pedro falleció.

El reloj mural marcaba las 10 y 3 y 56. La escena había durado 1 minuto y segundos.

Después de esto, el pájaro verde permaneció un instante en suspenso, luego extendió sus alas, las agitó violentamente y se elevó.Como un cernícalo sobre su presa, se mantuvo suspendido e inmóvil en medio de la habitación, produciendo con el temblor de las alas un chasquido semejante a las gotas de la lluvia sobre el hielo. Y el pedestal, entre tanto, se balanceaba siguiendo el ritmo del péndulo de mi reloj mural.

Luego el bicho hizo un vuelo circular y por fin se posó, o mejor dicho, posó su pie de ébano sobre la mesa y, fijando nuevamente sus dos vidrios sobre el busto de Arturo Prat, los dejó allí quietos en una mirada sin fin.

Eran las 10 y 4 minutos y 19 segundos.

El 11 de febrero por la mañana se efectuaron los funerales de mi tío José Pedro.

Al llevar el féretro a la carroza, debíamos pasar frente a la ventana de mi escritorio. Aproveché la distracción de los acompañantes para echar un vistazo al interior. Allí estaba mi loro inmóvil, volviéndo­me la espalda.

La enorme cantidad de odio despedida por mis ojos debió pesarle sobre las plumas del dorso, más aún si a su peso se agregó -como lo creo- el de las palabras cuchicheadas por mis labios:

-¡Ya arreglaremos cuentas, pájaro inmundo!

Sin duda, pues rápido volvió la cabeza y me guiñó un ojo junto con empezar a entreabrir el pico para hablar. Y como yo sabía perfectamente cuál sería la pregunta que me iba a hacer, para evitarla por inútil, guiñé también un ojo y, levemente, con una mueca del rostro, le di a entender una afirmación que traducida a palabras sería algo como quien dice:

- Servidor de usted.

Regresé a casa a la hora de almuerzo. Sentado solo a mi mesa, eché de menos las lentas pláticas morales de mi tío tan querido, y siempre, día a día, las recuerdo y envío hacia su tumba un recuerdo cariñoso.

Hoy, 12 de junio de 1934, hace tres años, cuatro meses y tres días que falleció el noble anciano. Mi vida durante este tiempo ha sido, para cuantos me conocen, igual a la que siempre he llevado, mas, para mí mismo, ha sufrido un cambio radical.

He aumentado con mis semejantes en complacencia, pues, ante cualquier cosa que me requieran, me inclino y les digo:

- Servidor de ustedes.

Conmigo mismo he aumentado en afabilidad pues, ante cualquier empresa de cualquier índole que trate de intentar, me imagino a la tal empresa como una gran dama de pie frente a mí y entonces, haciendo una reverencia en el vacío, le digo:

- Señora, servidor de usted.

Y veo que la dama, sonriendo, se vuelve y se aleja lentamente. Por lo cual ninguna empresa se lleva a fin.

Mas en todo lo restante, como he dicho, sigo igual: duermo bien, como con apetito, voy por las calles alegremente, charlo con los amigos con bastante amenidad, salgo de juerga algunas noches y hay por ahí, según me dicen, una muchacha que me ama con ternura.

Cuanto al pájaro verde, aquí está, inmóvil y mudo. A veces, de tarde en tarde, le hago una seña amistosa y a media voz le canto:

Yo he visto un pájaro verde

Bañarse en agua de rosas

Y en un vaso cristalino

Un clavel que se deshoja.

Mas él no se mueve ni pronuncia palabra alguna.